A las dos de la madrugada de este 3 de enero, decenas de helicópteros y aviones estadounidenses invadían el territorio de Venezuela descargando una oleada brutal de bombardeos sobre los aeropuertos e instalaciones defensivas venezolanas en Caracas y otras ciudades. Poco después, Donald Trump anunciaba el apresamiento del presidente venezolano Nicolás Maduro y su mujer Cilia Flores, y su traslado a Nueva York para ser “juzgado”. Así se consumaba una criminal agresión imperialista no solo contra una nación soberana, también contra los pueblos oprimidos de América Latina y del mundo entero.

Una vez más la maquinaria de muerte y destrucción del imperialismo yanqui se ha puesto en marcha con un objetivo muy preciso: imponer su voluntad a sangre y fuego, enviar un mensaje de fuerza a enemigos y aliados, y establecer un régimen títere de extrema derecha en Caracas que le permita recuperar el control de las mayores reservas mundiales de petróleo y otras riquezas codiciadas por las multinacionales estadounidenses.

El discurso triunfal de Trump, como Hitler en los años treinta

Por si alguien alberga dudas, el propio Trump ha desvelado sus objetivos de manera cristalina en una rueda de prensa que pasará a la historia. Rodeado por el secretario de Estado, Marco Rubio, del ministro de la Guerra y del jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, el presidente norteamericano ha emulado al Hitler de los años treinta. No solo ha pronunciado un discurso nacionalista y supremacista, se ha dedicado a amenazar a todo el mundo afirmando que EEUU cuenta con el mayor ejército del planeta y está dispuesto a utilizarlo a discreción. Sus acompañantes le han rendido tributo como a un Cesar invicto, agitando el espantajo del MAGA y la supremacía estadounidense. No hay precedentes a un espectáculo así salvo en la época en que los fascistas y nazis ocupaban el poder en Italia y Alemania.

La hoja de ruta que ha trazado el presidente estadounidense es clara: “Vamos a controlar Venezuela hasta que haya una transición segura, adecuada y sensata; tiene que ser sensata, porque ese es nuestro objetivo”. En otro momento del discurso, ha sido explícito a la hora de remachar sus objetivos: “Estamos listos para organizar un segundo ataque mucho mayor, si es necesario (…) De hecho, asumimos que una segunda ola sería necesaria, pero ahora probablemente no sea, ya que el primer ataque tuvo tanto éxito que probablemente no tengamos que hacer una segunda, pero estamos preparados para hacerlo”.

Una de las partes más sustanciosas de su intervención la ha dedicado al control imperialista de la industria petrolera de Venezuela. Citamos textualmente: “Como todos saben, el negocio petrolero en Venezuela ha sido un fracaso, un fracaso total, durante mucho tiempo. Estaban extrayendo casi nada, en comparación con lo que podrían haber extraído y lo que podría haber sucedido. Nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses, las más grandes del mundo, invertirán miles de millones de dólares para reparar la infraestructura petrolera, que está en muy mal estado, y comenzar a generar ingresos para el país”.

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Trump ha desvelado sus objetivos en una rueda de prensa que pasará a la historia. Ha pronunciado un discurso nacionalista y supremacista, y ha amenazado a todo el mundo, en la línea de cuando los fascistas y nazis ocupaban el poder en Italia y Alemania. 

Y, por supuesto, no se ha olvidado de Hugo Chávez: “Construimos la industria petrolera venezolana con talento, iniciativa y habilidad estadounidenses, y el régimen socialista nos la robó durante esas administraciones anteriores, y lo hicieron por la fuerza. Esto constituyó uno de los mayores robos de propiedad estadounidense en la historia de nuestro país, considerado el mayor robo de propiedad en la historia de nuestro país. Nos arrebataron una infraestructura petrolera masiva como si estuviéramos indefensos. Y no hicimos nada al respecto. Yo sí habría hecho algo. Estados Unidos nunca permitirá que potencias extranjeras roben a nuestra gente y nos expulsen de nuestro propio hemisferio”.

Emulando al jefe del partido nazi en sus famosos discursos de Berlín, Trump se ha vanagloriado del poder militar que dirige: “ninguna otra nación en el mundo hubiera podido lograr lo que Estados Unidos ha conseguido este sábado en un plazo tan corto de tiempo”.

La comparecencia de Trump manda un mensaje inequívoco: el imperialismo estadounidense está dispuesto a incendiar el planeta, a utilizar su fuerza militar para demostrar que no saldrá derrotado de la lucha interimperialista por la hegemonía. Está decidió a llegar hasta las últimas consecuencias para lograr sus objetivos.

La colaboración de sectores del ejército venezolano y la actitud de China y Rusia

A falta de una información más completa que se conocerá durante las próximas horas y días, una cosa está clara: el imperialismo norteamericano y Trump han logrado el apoyo de un sector del alto mando del ejército venezolano para el éxito de una operación militar y de inteligencia de gran envergadura. El dispositivo de defensa de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) no fue activado y el anillo de seguridad dispuesto para proteger a Maduro ha colapsado estrepitosamente.

Un ataque quirúrgico de esta precisión no se improvisa y ha contado con muchos elementos a favor. Durante los últimos cuatro meses el imperialismo estadounidense ha podido actuar con total impunidad, henchido después de arrasar Gaza y presentar una farsa de paz junto a Netanyahu que legaliza el genocidio palestino y la limpieza étnica, y que ha contado con el respaldo de todos los Gobiernos. En este periodo ha hecho y deshecho en Oriente Medio a su antojo, y ha enviado señales muy claras de que estaba dispuesto a ir hasta el final en Venezuela. Las instituciones que en teoría velan por la paz se han postrado ante este reaccionario, como en los años treinta del siglo XX ocurrió con Hitler.

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La comparecencia de Trump manda un mensaje inequívoco: el imperialismo estadounidense está dispuesto a incendiar el planeta para demostrar que no saldrá derrotado de la lucha interimperialista por la hegemonía. 

Washington empezó desplegando una flota de guerra de entre 15.000 y 25.000 efectivos militares en el Mar Caribe y asesinando a más de 100 civiles indefensos venezolanos, colombianos y de la vecina Trinidad y Tobago, en su gran mayoría pescadores ejecutados extrajudicialmente. Trump se declaró amo y señor de las costas y el espacio aéreo venezolano con la colaboración de las grandes aerolíneas y los Gobiernos europeos y de otros países, que acataron obedientemente sus órdenes suspendiendo todos sus vuelos. Y la guinda se produjo hace apenas 15 días cuando el presidente estadounidense se permitió desviar un petrolero ruso y secuestrar y bloquear los llamados “petroleros sancionados”, barcos de gran tamaño que se encargan de transportar el petróleo venezolano a terceros países con destino final a su principal comprador: China.

Con esta imponente demostración de fuerza ha enviado un mensaje muy claro a la cúpula militar venezolana consiguiendo lo que buscaba: abrir una brecha en su interior y acabar con el cierre de filas que había sostenido a Maduro hasta ahora.

Pero lo que ha decidido a Trump y sus asesores para asestar este golpe decisivo es la actitud de Moscú y Beijing. Tanto el régimen de Putin como el de Xi Jinping han abandonado a su suerte al presidente de Venezuela y a su círculo más cercano que, en teoría, formaban entre sus aliados más firmes en el continente latinoamericano. En las semanas previas a este brutal ataque, China y Rusia no han hecho apenas declaraciones ni han movilizado recursos militares para disuadir a Washington de su agresión. No han hecho nada visible para defender a Venezuela, cuando disponen de los medios materiales y humanos para hacerlo de manera contundente.

Moscú y Beijing sabían perfectamente lo que iba a ocurrir, pero callaron y no movieron un dedo, repitiendo el vergonzoso comportamiento que han tenido ante el genocidio en Gaza: a pesar de la matanza que ha sufrido y sufre el pueblo palestino siguen comerciando y llegando a numerosos acuerdos con el régimen nazisionista de Netanyahu. De aquí se extrae una lección profunda y dolorosa para la clase obrera mundial: China y Rusia no son ninguna alternativa para los oprimidos del mundo. Son potencias capitalistas e imperialistas con una agenda muy concreta: defender los intereses económicos y geoestratégicos de su clase dominante por encima de cualquier otra consideración. Que no acumulen el mismo historial criminal que EEUU no altera su naturaleza.

El gran juego imperialista por el reparto del mundo

El cerco del imperialismo norteamericano en Venezuela ha avanzado paralelamente a las negociaciones sobre Ucrania. Todo indica que los enviados de Trump en esas negociaciones han conseguido los parabienes de Moscú para su ofensiva sobre Caracas. “Os garantizamos el triunfo en Ucrania, pero no movéis un dedo en Venezuela”.

A esto han quedado reducidos los discursos sobre el multilateralismo y la multipolaridad con los que el propio Xi Jinping y Putin se llenan la boca para intentar disimular su carácter imperialista y en los que ha depositado sus ilusiones una gran parte de la izquierda gubernamental latinoamericana, europea y del mundo.

El golpe brutal que Trump ha descargado en Venezuela es una respuesta aplastante a esa izquierda que hace pivotar toda su estrategia antiimperialista en torno al planteamiento falso y reaccionario de que el enemigo de nuestro enemigo es nuestro amigo, concediendo credenciales de “defensores de la soberanía de los pueblos” a Moscú y Beijing. 

Como explicaba Lenin, bajo el imperialismo todas las cuestiones decisivas acaban resolviéndose finalmente por la fuerza, mediante la guerra. Esa es la ley que rige el reparto del botín entre los bandidos imperialistas. Y eso es lo que es Trump. Y tanto Xi Jinping como Putin son muy conscientes de que una resistencia seria a los planes de Trump pasaría por levantar un movimiento antiimperialista de masas en toda América Latina, que podría adquirir un carácter revolucionario. Pero ni Moscú, ni Beijing quieren una revolución socialista, ni luchan por ella en ningún sitio. La revolución amenazaría directamente los beneficios y alianzas que los grandes monopolios de sus respectivos países trazan con los Gobiernos capitalistas de Latinoamérica y del resto del mundo.

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Moscú y Beijing sabían lo que iba a ocurrir, pero no movieron un dedo. China y Rusia no son aliados de los oprimidos del mundo, son potencias capitalistas e imperialistas, que no acumulen el mismo historial criminal que EEUU no altera su naturaleza. 

Parece evidente que China y Rusia han decidido anteponer a sus compromisos con Maduro y el régimen venezolano sus intereses estratégicos y económicos en Ucrania, África y Asia.  La idea de que, aun perdiendo Venezuela, siguen manteniendo posiciones económicas importantes en otros países latinoamericanos, especialmente en la economía más poderosa de la región, Brasil, se ha abierto paso, confiando también en que a medio plazo su superioridad económica seguirá imponiéndose y debilitando a su rival norteamericano.

En cualquier caso los acontecimientos en Venezuela representan un golpe durísimo al prestigio político de China y Rusia. Si una superpotencia militar, aunque en el terreno económico haya mostrado a las claras su decadencia, se muestra decidida a ir a por todas, puede imponerse y obtener ventajas importantes. Trump puede obtener en Venezuela la victoria política que el imperialismo estadounidense perseguía hace más de dos décadas, y la utilizará sin duda para fortalecer su estrategia de ataque. El resultado será más violencia y guerra en todo el mundo y una pesadilla para el pueblo de Venezuela. 

La contrarrevolución al servicio de Washington se frota las manos

Tras sacar a Maduro del país, el siguiente paso de Washington será muy probablemente forzar una especie de Gobierno de Transición, sin descartar la participación de mandos militares, que proponga un calendario para convocar elecciones en unos pocos meses. Paralelamente agitarán con movilizaciones organizadas por la extrema derecha dando las gracias a EEUU por la “liberación”, fabricando una imagen de “benefactores” del pueblo venezolano.

La marioneta venezolana de Trump, la ultraderechista María Corina Machado, bochornosa Premio Nobel de la Paz y que carga sobre sus espaldas con decenas de muertes por acciones terroristas y golpistas, ya ha anunciado su intención de volver a Venezuela, ser candidata y ocupar el palacio presidencial de Miraflores. Machado ha prometido que Maduro responderá por sus “atroces” crímenes y que Washington ha “cumplido la promesa de hacer valer la ley”. “Estamos preparados para tomar el poder”, ha escrito en sus redes sociales.

Pero el presidente estadounidense también ha declarado en la rueda de prensa de Mar-a-Lago que aún no ha contactado a la líder opositora, y sobre todo ha expresado dudas sobre su capacidad de liderazgo: “No tiene el apoyo [suficiente] dentro del país, no tiene el respeto dentro del país”.

Con Maduro fuera de juego, las primeras declaraciones de otros dirigentes como la vicepresidenta Delcy Rodríguez o el ministro del Interior Diosdado Cabello muestran el golpe tan profundo que han recibido. Están en shock, llamando a la población a mantener la calma y a la unidad nacional. Una imagen que transmite muy poca confianza. Incluso el secretario de Estado Marco Rubio ha afirmado en la rueda de prensa presidencial que “ha mantenido una larga conversación” con la vicepresidenta venezolana, y esta, según sus palabras, “se ha puesto a disposición de la Casa Blanca”.

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El único camino para hacer frente al militarismo, a la guerra imperialista, a la barbarie capitalista y a la reacción neofascista es levantar el programa de la revolución socialista y del internacionalismo proletario. 

Probablemente, sectores decisivos del régimen y de la cúpula militar están negociando con Washington desde hace días. Y la realidad es que no tendrán reparo alguno en ofrecer sus servicios a un régimen títere de Trump. Muchos de los actuales prohombres del Estado venezolano hace tiempo que dieron la espalda al legado de Hugo Chávez y se embarcaron en políticas que socavaron las conquistas sociales y políticas de la revolución bolivariana, arrastrando el nombre del socialismo por el barro.

Asistimos a un golpe contrarrevolucionario brutal, urdido por el imperialismo estadounidense con apoyo en las altas instancias del Estado. Y han golpeado cuando el apoyo popular a Maduro registraba su momento más crítico. Esta derrota no se detendrá en un simple cambio de Gobierno. Trump y sus peones venezolanos lanzarán una ofensiva sin cuartel para saquear los recursos petroleros de Venezuela y acabar con todo lo que huela a revolución y a izquierda. Antes o después habrá una reacción de las masas, pero a corto y medio plazo, los efectos de esta derrota serán innegables.

Venezuela fue el punto más avanzado de la oleada revolucionaria que sacudió América Latina durante la primera década del siglo XXI. Todos los intentos de golpe, magnicidio, intervención militar contra la revolución bolivariana fueron desactivados por la movilización de las masas. Este desenlace es el resultado de años liquidando todas esas políticas antiimperialistas y revolucionarias, reprimiéndolas, persiguiendo e incluso encarcelando a los activistas de la izquierda anticapitalista y antiburocrática, fiándolo todo al apoyo de los imperialistas chinos y rusos, y a los pactos con la propia burguesía venezolana, incluidos los que organizaron golpes de Estado, magnicidios y sabotajes para acabar con Chávez y el proceso revolucionario.

Y el efecto más nefasto de todo ello ha sido desmoralizar y desmovilizar a millones de jóvenes, trabajadores y campesinos, que ven con rabia e indignación la criminal intervención del imperialismo estadounidense, pero miran a los actuales dirigentes y no ven voluntad alguna de resistir, ni determinación en rectificar con políticas a su favor.    

En este momento no es posible trazar una perspectiva cerrada, pero si hay una primera lección grabada a fuego para los comunistas, la izquierda combativa, y el movimiento de masas. Las políticas reformistas del mal menor, de pactar con sectores de la burguesía o con las potencias imperialistas rivales de EEUU solo pueden llevar al desastre. El único camino para hacer frente al militarismo, a la guerra imperialista, a la barbarie capitalista y a la reacción neofascista es levantar el programa de la revolución socialista y del internacionalismo proletario.

Tenemos la obligación de sacar todas las lecciones de este golpe contrarrevolucionario, de impulsar la solidaridad activa con el pueblo venezolano organizando movilizaciones lo más potentes posibles, de seguir denunciando a todos los cómplices de Trump y del imperialismo en esta agresión, empezando por la socialdemocracia y su actitud lacaya. Es el momento de redoblar todos los esfuerzos por construir organización y conciencia socialista.

¡Abajo la intervención imperialista en Venezuela!

¡Por el internacionalismo proletario, por la revolución socialista mundial!

Periódico de la Izquierda Revolucionaria

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