Los pasados 13 y 14 de noviembre Izquierda Revolucionaria Internacional celebró su segundo congreso. La discusión, que se prolongó durante un día y medio, analizó en profundidad los grandes acontecimientos de la lucha de clases del último periodo: desde los levantamientos populares e insurrecciones que han sacudido decenas de países en estos dos últimos años, pasando por la catástrofe social y económica desatada tras la irrupción de la pandemia, el cambio en la correlación de fuerzas mundiales, así como el ascenso de la extrema derecha populista y el fracaso de las nuevas formaciones de la izquierda reformista.

La base de este debate fue el documento de Perspectivas Mundiales que elaboramos a principios del mes de septiembre, y que ha sido discutido y enmendado en todas las secciones de Izquierda Revolucionaria Internacional a lo largo de dos meses. Publicamos en dos partes el documento aprobado unánimemente en el congreso.

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La lucha de clases en la época de decadencia imperialista

I. la crisis del capitalismo global y la lucha por la hegemonía

La humillante derrota del imperialismo norteamericano y sus aliados en Afganistán, tras veinte años de ocupación y cerca de 250.000 muertos, ha expuesto ante la opinión pública mundial la decadencia que arrastra la principal potencia de Occidente. Wall Street y el complejo militar-industrial han obtenido beneficios récords de esta guerra pero, tomado en su conjunto, el saldo es demoledor para sus intereses. La estrategia exterior de la burguesía estadounidense tras la caída de la URSS —actuar como un gendarme global con patente de corso— ha cosechado fracaso tras fracaso en la última década.

Afganistán es la coronación de un proceso más amplio que tomó velocidad tras la Gran Recesión de 2008. El ascenso de China como superpotencia y la extensión de su influencia política, diplomática y militar está determinando profundas e irreversibles transformaciones en las relaciones internacionales. Este factor se suma a lo ocurrido en este último año y medio, cuando la pandemia ha precipitado una catástrofe sanitaria, social y económica sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. Los más de cinco millones de muertos y los 216 millones de contagiados demuestran la degeneración extrema de la clase dominante y su sistema.

Las fuerzas productivas chocan con la camisa de fuerza que supone la propiedad privada de los medios de producción y el Estado nacional. El crecimiento exponencial de la pobreza, del desempleo, de la precariedad y la sobreexplotación, la desigualdad imparable y la hecatombe climática son el precio a pagar por los beneficios estratosféricos de la plutocracia financiera mundial. Jamás en la historia la brecha entre ricos y pobres había sido tan acusada.

La dictadura del capital financiero se ha hecho omnipresente a tal grado, y el equilibro del sistema ha saltado por los aires de una forma tan evidente, que las formas tradicionales de dominación se han trastocado severamente. La crisis del parlamentarismo burgués y de los partidos tradicionales del sistema, la bancarrota de las nuevas organizaciones de la izquierda reformista, el ascenso del populismo reaccionario y la extrema derecha, los ataques generalizados a los derechos democráticos son el resultado del callejón sin salida que atraviesa la sociedad en su conjunto, igual que la cadena de explosiones sociales, insurrecciones y levantamientos populares que han sacudido numerosos países en los dos últimos años.

La respuesta de China al desafío de la covid

El desarrollo de las fuerzas productivas en China durante las últimas tres décadas, y su peculiar régimen de capitalismo de Estado, debe ser estudiado con mucha atención. Se trata de un fenómeno que solo guarda parangón con el ascenso del imperialismo estadounidense después de la Primera Guerra Mundial —y el desplazamiento de Gran Bretaña como potencia dominante—, al tiempo que presenta particularidades específicas que hacen de este acontecimiento algo inédito y original. Nos extenderemos sobre este aspecto más adelante.

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Si comparamos cómo ha enfrentado la pandemia el régimen de Beijing y cómo lo ha hecho la clase dominante occidental, hay que reconocer que la superioridad demostrada por el capitalismo de Estado chino.

Si comparamos cómo ha enfrentado la pandemia el régimen de Beijing y cómo lo ha hecho la clase dominante occidental, hay que reconocer que la superioridad demostrada por el capitalismo de Estado chino ha sido abrumadora.  Basta un análisis de las cifras oficiales para entender la diferencia: atendiendo al número de muertos por cada 100.000 habitantes, EEUU multiplica por 400 la mortalidad de China, y Alemania lo hace por 200.

Datos covid-19 (hasta el 26/8/2021)

  Muertos Diagnosticados Tasa mortalidad Población
      100.000 hab. habitantes en millones
Mundo 4.495.014 216.026.420 no disponible 7.700
EEUU 633.564 38.384.360 191,98 330
China 4.848 106.905 0,34 1.440
Alemania 92.108 3.923.250 110,97 83
Gran Bretaña 132.465 6.659.916 197,7 67
España  83.861 4.822.320 176,92 47.4

 

Las reservas acumuladas por el capitalismo chino han permitido al régimen bonapartista de Xi Jinping movilizar una ingente cantidad de recursos, controlando y casi erradicando la pandemia. Por supuesto, este hecho trascendental ha sido censurado por los medios de comunicación occidentales.

Cuando el virus dio las primeras señales alarmantes, el Gobierno chino confinó la ciudad de Wuhan, con 11 millones de habitantes, y poco después la provincia de Hubei, con 45 millones. El economista marxista francés François Chesnais lo explica: “fueron movilizados unos 580.000 voluntarios procedentes del campo o de otras ciudades para ayudar a los residentes a cubrir sus necesidades… Entre finales de enero y abril [de 2020] llegaron 35.000 facultativos a Wuhan, epicentro de la epidemia… [y] 12.000 trabajadores para construir dos hospitales especiales de infección de campaña que trataron a miles de personas con covid-19. El ejército chino envió asimismo 340 equipos humanos con un total de miles de médicos y médicas militares… las necesidades diarias de EPI en Wuhan ascendían a 60.000 monos de protección… China solo produce normalmente 30.000”. El gobierno movilizó “empresas públicas de todo el país, para acelerar la producción existente de EPI y construir nuevas líneas de producción… a mediados de febrero, se superó la penuria de EPI. Todo el personal sanitario llevaba monos de protección… una empresa de genética y diagnóstico llamada BGI construyó en Wuhan, en pocos días, el laboratorio Huo-Yan, un centro de diagnóstico de covid-19 totalmente funcional, capaz de hacer test a decenas de miles de personas”. [1]

Mientras en EEUU o en Europa los contagios y las muertes por covid-19 se han convertido en la estampa cotidiana, sin que en ningún momento se haya conseguido erradicar por completo el virus, China ha tumbado los escasos rebrotes en cuestión de semanas.[2]  El último a finales de julio, de la variante Delta, fue atajado con cierres y confinamientos estrictos, incluyendo la totalidad del transporte, y 100 millones de test en cuestión de días en cada una de las ciudades afectadas. La tecnología jugó un papel efectivo, utilizándose “datos de localización en tiempo real de los teléfonos móviles” introducidos en “servidores de inteligencia artificial que calcularon la probabilidad de nuevos focos de infección”.[3]

La burguesía occidental y sus voceros han respondido a esta actuación esgrimiendo que en China hay una dictadura. Pero la “democracia” al estilo americano y europeo, que debería mostrar su justicia social, sus logros civilizatorios, su talante progresista, ha enriquecido a los grandes monopolios farmacéuticos mientras millones de personas morían abandonadas. En estas democracias, la sanidad pública ha sido arrasada. Y si hablamos de los países excoloniales bajo la influencia occidental, como el caso de India, la autodenominada “mayor democracia del mundo”, o del Brasil de Bolsonaro, el balance es aterrador.[4]

No tenemos la menor intención de mostrar un cuadro idílico del régimen encabezado por el PCCh. Aunque se envuelva en una bandera roja con la hoz y el martillo, representa los intereses de la burocracia estatal y la nueva burguesía china. No es un Estado obrero ni tiene nada que ver con el socialismo, y el carácter capitalista y bonapartista de la presidencia de Xi Jinping está fuera de duda. Pero hacerse eco de la propaganda occidental es una completa estupidez.

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El régimen encabezado por el PCCh, representa los intereses de la burocracia estatal y la nueva burguesía china. Pero hacerse eco de la propaganda occidental es una completa estupidez.

¿Qué ha hecho posible esta diferencia? La “eficacia” de los planes chinos contra la pandemia se nutre de su gigantesco y vigoroso tejido productivo y comercial, que son la expresión del avance de las fuerzas productivas en las últimas décadas. Pero hay algo más, y ese más es realmente importante. La nomenclatura que dirige el PCCh y el aparato del Estado no son una casta de advenedizos. Están acostumbrados a controlar las palancas del poder desde hace décadas, y han desarrollado una conciencia clara de sus intereses.

Los elementos de planificación y centralización en la economía china —heredados del viejo Estado obrero deformado— tienen un peso importante en el actual sistema de capitalismo de Estado, proporcionándole una gran ventaja frente a sus competidores. La burocracia procapitalista comprendió, e hizo comprender a los grandes empresarios incluso por medio de la fuerza y la coerción, dos cosas. Primero, que si la pandemia escapaba a su control el problema no serían uno o dos trimestres negativos, sino un largo y agónico retroceso. Segundo, que no estaba dispuesta a tolerar que ningún plutócrata acumulara tanto poder en sus manos que amenazara el poder de la burocracia estatal.

Un crecimiento espectacular

China ha registrado más de dos décadas de crecimiento espectacular, mientras la economía occidental lleva trece años de recesión y estancamiento. Si en el año 2000 la formación bruta de capital fijo en China se estimaba en 400.000 millones de dólares, en 2018 alcanzó los 5,5 billones, superando el registro de EEUU. No es ninguna anécdota que el punto de inflexión se produjera precisamente entre los años 2008 y 2010.

Formación Bruta Capital Fijo (Billones de dólares)

Año China EEUU Relación (1)
      China/EEUU
2000 0,4 2,4 16,7
2010 2,9 2,8 103,6
2018 5,7 4,3 132,6

 

(1) Porcentaje que representa China del total de EEUU (Fuente: Indexmundi)

Gracias a esta inversión masiva de capital, China se convirtió en la fábrica del mundo y sus manufacturas inundaron todos los continentes. Desde 2008 el valor total de sus exportaciones no bajó nunca de 1,2 billones de dólares, a partir de 2012 el límite por debajo se estableció en más de 2,2 billones, y en 2020, en el año de la pandemia, ha llegado a la cifra récord de 2,49 billones obteniendo por ello un superávit comercial también récord de 535.030 millones de dólares, ¡el mayor en cinco años! Durante la presidencia de Trump, el déficit comercial norteamericano con China lejos de menguar aumentó un 13%, incrementándose en lo que va de 2021 otro 19,2%. En 2020 China ha sido responsable del 30% de la producción manufacturera mundial, frente al 18% de los EEUU.

EEUU ha perdido su posición de banquero del mundo. China es actualmente acreedora de más de cinco billones de dólares, una cifra equivalente al 6% del PIB mundial. La parte correspondiente al gigante asiático sobre el total adeudado a los países del G20 por otras naciones, aumentó del 45% en 2013 al 63% a finales de 2019. China es el mayor tenedor de deuda estadounidense tras Japón.

En 2020, por primera vez, China superó a EEUU como primer destino de Inversión Extranjera Directa (IED): mientras esta se incrementaba un 4% en China, caía un 49% en EEUU. Entre 2015 y 2020 la IED cayó un 71% en EEUU, y aumentó un 20% en China. Estos datos dejan claro el fracaso de la guerra comercial de Trump.

Inversión Extranjera Directa (millones de dólares)

Año China EEUU
2016 134.000 472.000
2019 140.000 250.000
2020 163.000 134.000

 

(Fuente: UNCTAD)

Pero los cambios se extienden a otros ámbitos no menos relevantes. China está librando la guerra por la supremacía tecnológica de forma perseverante como muestra el siguiente cuadro:

Inversión en Investigación y Desarrollo (porcentaje del PIB)

2018 2010 2000 1998
Mundo 2,27 2,02 2,06 1,98
EEUU 2,84 2,74 2,63 2,5
Alemania 3,09 2,71 2,4 2,21
China 2,19 1,71 0,89 0,65

 

(Fuente: Banco Mundial)

En China se gradúan hoy más científicos e ingenieros que en Estados Unidos, Europa, Japón, Taiwán y Corea del Sur juntos, y siete veces más que en Estados Unidos. En cuanto a la tecnología 5G, China posee ya un 70% de las estaciones base de telefonía móvil con esta cobertura. El Departamento de Defensa de los EEUU señaló que “China se apresta a repetir con el 5G lo que ocurrió con la 4G en EEUU”. En esta “cuarta revolución industrial” la potencia asiática se ha colocado a la cabeza en el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA), produciendo los superordenadores más rápidos del mundo, chips informáticos de última generación, y obteniendo hitos en la criptografía cuántica en el ámbito de la ciberseguridad.

También la industria de los semiconductores da la medida de los avances de la potencia asiática. La estrategia industrial del Gobierno de Beijing —Made in China 2025— pretende producir el 70% de los semiconductores que consuma la industria China (actualmente por debajo del 40%), para lo que se destinarán 150.000 millones de dólares en inversiones hasta el año 2030. La perspectiva es que China pueda convertirse en 2022 en el segundo productor de semiconductores del mundo, solo por detrás de Taiwán, y adelantando a Japón y Corea del Sur. En 1990 EEUU producía el 37% de todos los semiconductores, pero actualmente su cuota es el 12%, por debajo del 15% de China. De ahí que la administración Biden haya aprobado ayudas a la industria de semiconductores en suelo americano por 52.000 millones dólares hasta el año 2030. Sin embargo, según un informe del Boston Consulting Group, montar una fábrica de semiconductores en China es un 37% más barato que en los EEUU.[5]

En marzo de 2020 la Asamblea Popular de China aprobó un nuevo “plan quinquenal”, destinando 1,4 billones de dólares a impulsar nuevos desarrollos tecnológicos. Incluso en la carrera espacial China se ha puesto por delante de los EEUU, enviando con éxito la primera misión a la cara oculta de la luna. Según datos del Banco Mundial, la producción de alta tecnología por parte de China ha pasado de representar un escaso 3% mundial en 1999 a un 26% en 2014, mientras que EEUU ha pasado de un 18% a un 7%. Sin duda, estos datos serán mucho peores para los norteamericanos en la actualidad.[6]

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Según datos del Banco Mundial, la producción de alta tecnología por parte de China ha pasado a un 26% en 2014, mientras que EEUU ha pasado a un 7%.

Un capitalismo de estado muy singular

Es importante recordar que cuando la burocracia estalinista china emprendió el proceso de la restauración capitalista, estudió con mucho detenimiento la forma caótica en que se disolvió la URSS. A diferencia de lo que ocurrió con el PCUS, la dirección del PCCh decidió pilotar el desmantelamiento de la economía planificada protegiendo a toda costa sus intereses, y recurrieron al mantenimiento de una fuerte centralización y un potente sector estatal. El partido y el Estado siguieron fusionados, aunque ya como herramientas al servicio de la acumulación capitalista.

China se benefició de las enormes inversiones de capital occidental a lo largo de la década de los noventa del siglo XX y en lo que llevamos de siglo XXI. Las masivas deslocalizaciones de fábricas en EEUU y Europa provocaron un cambio notable en la división mundial del trabajo. Cientos de millones de nuevos proletarios emergieron en las ciudades chinas provenientes de las zonas rurales. Bajos salarios y jornadas interminables fueron esenciales para aumentar la competitividad de las firmas occidentales y sus beneficios. Pero este proceso, que hizo avanzar las fuerzas productivas chinas de manera clara, tuvo otras consecuencias.

Tanto la burocracia como la burguesía china se aprovecharon de unas condiciones favorables que maduraban rápidamente, para competir con las grandes potencias. La ingente cantidad de capital del que disponían, gracias al superávit comercial, les permitió cubrir sus necesidades de abastecimiento de materias primas y realizar inversiones millonarias en todo el globo. América Latina, Centroamérica, África, y muchos países asiáticos dependen cada vez más de las compras chinas y de sus créditos.

Sin embargo hasta hoy, y este es un aspecto fundamental, esa nomenclatura exestalinista y procapitalista, que controla el aparato del Estado, sigue marcando la política económica e intentan disciplinar a aquellos oligarcas, afiliados obligatoriamente al PCCh, que ponen en riesgo su autoridad y la estabilidad del sistema. La burocracia y la nueva burguesía forman una misma clase dominante, pero en su seno hay contradicciones evidentes e intereses divergentes que se están resolviendo de manera abrupta. La burocracia no quiere soltar el timón de mando, y eso hace que los choques sean inevitables.

En el régimen burgués el poder económico decide en todos los asuntos de fondo y modela el aparato del Estado según sus necesidades. Pero esto no excluye que en determinadas circunstancias históricas de revolución y contrarrevolución, la clase dominante ceda a una casta bonapartista, militar o fascista la gestión directa de sus intereses, incluidos los económicos, a un coste considerable. Eso ocurrió en la Alemania nazi y la Italia fascista

Incluso en EEUU, durante los años del New Deal, el Gobierno de Roosevelt tuvo que meter en cintura a algunos grandes monopolios que pretendían desatar una auténtica guerra civil contra el movimiento obrero, y lo hizo para salvar la estabilidad del conjunto del sistema. Consiguiendo el apoyo de la burocracia sindical y de los estalinistas, logró contener la agitación obrera de aquellos años (1934-1937) y preparar la intervención americana en la Segunda Guerra Mundial.

La diferencia con China es que el actual régimen de capitalismo de Estado nació de la mano de una poderosa burocracia que dirigía un Estado obrero deformado, y es la misma que se encuentra al frente de la administración, decide en los asuntos fundamentales del país y, aunque comparte los beneficios resultantes con la burguesía y una élite creciente de multimillonarios, es celosa de sus atribuciones y tiene un instinto feroz de conservación. Esta contradicción objetiva todavía no se ha resuelto y hay que considerarla en movimiento, porque alimentará fuertes conflictos en el futuro.

El desmantelamiento de Alibaba, una de las principales multinacionales chinas, y la desaparición durante meses de su fundador y presidente, Jack Ma, que llegó a ser el hombre más rico de China, es un claro exponente de lo que decimos. La empresa iba a protagonizar la salida a Bolsa más grande de la historia (34.500 millones de dólares) hasta que fue suspendida por las autoridades chinas. Jack Ma había levantado un imperio financiero, una auténtica banca en la sombra, que podía hacer peligrar la estabilidad del país en el caso de una suspensión de pagos. Junto a Alibaba, otras grandes tecnológicas también han sido multadas, como Tencent o recientemente Didi, que cotizaba en Wall Street, en base a una nueva regulación “antimonopolios” aprobada en noviembre de 2020. La posibilidad de que estas empresas se convirtieran en una cabeza de puente para los intereses estadounidenses también pesa en la reacción fulminante del Gobierno.[7]

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El desmantelamiento de Alibaba y la desaparición durante meses de su fundador Jack Ma, es un recordatorio de que una poderosa burocracia decide en los asuntos fundamentales del país.

El régimen chino entiende la importancia de la estabilidad interna. La plutocracia ha crecido mucho. Milmillonarios como Zhong Shanshan, dueño de la empresa de agua embotellada Nongfu Spring, y con un patrimonio superior a los 70.000 millones de dólares, o los nueve dueños de las empresas automovilísticas del país que han aumentado su fortuna global en más de 22.000 millones desde julio de 2020, o los que controlan el sector de las energías renovables, son un recordatorio de que la desigualdad social se ha disparado.

Dicho lo anterior, cuando miramos hacia el gigante asiático observamos unas relaciones entre las clases diferentes a otras partes del mundo. La transformación sufrida estos últimos años ha sido notable. En 1990, EEUU y Europa Occidental agrupaban tres cuartas partes de la clase media mundial a pesar de representar una tercera parte de la población total. A partir de 2018, es China la que concentra casi el 50% de las nuevas capas medias, mientras que estas han sufrido un proceso de empobrecimiento y proletarización en los países capitalistas avanzados.[8] 

Entre 2008 y 2019 el salario real se duplicó en China, hasta el punto de que en 2016 superó a los de los países más grandes de América Latina y algunos de la UE, como Rumanía y Bulgaria. El salario medio por hora en la industria china se triplicó entre el 2005 y el 2016, alcanzando los 3,60 dólares; en el mismo periodo, el salario del sector industrial en Brasil cayó de 2,90 a 2,70 dólares y en México de 2,20 a 2,10 dólares.[9]

La lógica del “enriqueceos”, proclamada durante décadas por la dirección del PCCh, ha calado la médula social y se ha trasmitido a la conciencia de vastos sectores de la población. Pero el enorme crecimiento de la desigualdad ha obligado al régimen a recurrir a la demagogia y la represión para intentar mantener una adhesión social importante. En un discurso de 2020, el primer ministro Li Keqiang afirmó que unos 600 millones de personas viven solo con un ingreso mensual de 1.000 yuanes (154 dólares).

Desde la llegada al poder de Xi Jinping, la recentralización económica y política ha aumentado considerablemente, y también los golpes propagandísticos de cara a “disciplinar” a la nueva burguesía china. Numerosos empresarios, todos miembros del partido, han sido purgados y juzgados bajo la excusa de la corrupción. Estas maniobras se han combinado con la intensificación del discurso nacionalista, como hemos visto en la reciente celebración del centenario del PCCh y en la ofensiva sobre Taiwan.

A pesar del carácter autoritario del Estado, de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo y de la pavorosa destrucción medioambiental, el régimen chino goza en estos momentos de un apoyo interno mayor que cualquiera de sus competidores. Esto es innegable, y se ha visto claramente en la ausencia de movilizaciones de solidaridad con el movimiento en Hong Kong, en parte por la política de la llamada “oposición democrática” que se ha echado en brazos del imperialismo, pero también por la respuesta frente a la pandemia y las tasas sostenidas de crecimiento económico.

Pero la relativa estabilidad interna de la que disfruta el régimen chino no evita que en la base de la sociedad sigan acumulándose contradicciones explosivas. A pesar de la mejora formal en cuanto a jornadas, salarios, pensiones, etc., la sobreexplotación de los trabajadores sigue siendo una línea estratégica en el proceso de acumulación capitalista.

Oficialmente, la jornada laboral por ley es de 40 horas semanales, con un máximo de 3 horas extras al día, con un tope de 9 horas extras a la semana y no pudiendo sobrepasar las 36 horas extras al mes con dos días de descanso semanales. Pero la realidad es otra muy diferente: todos estos límites se superan, pero las penas por las infracciones son tan bajas y tan difíciles de aplicar que el derecho de las y los trabajadores chinos depende exclusivamente de las empresas. La ley no escrita de una jornada laboral de 9-9-6 (de nueve de la mañana a nueve de la noche, seis días a la semana) es la norma en una gran cantidad de empresas y sectores.

Los sindicatos oficiales (ACFTU), a pesar de contar con 230 millones de afiliados, dependen del régimen y se someten a las iniciativas empresariales. China nunca ha ratificado los convenios internacionales sobre libertad sindical, negociación colectiva y la eliminación del trabajo forzado y su abolición. Oficialmente el derecho de huelga está abolido desde 1982.

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Los sindicatos oficiales (ACFTU), dependen del régimen y se someten a las iniciativas empresariales. Oficialmente el derecho de huelga está abolido desde 1982.

A pesar de estos obstáculos, la lucha de clases no ha sido eliminada en China. Entre 2015 y 2018 se produjo una importante escalada de movilizaciones obreras. En 2016, el Ministerio de Recursos Humanos y de Seguridad Social de China registró 1,8 millones de conflictos laborales, un incremento del 118% comparado con 2015.

Ante la colaboración extrema de la federación sindical oficial ACFTU con la clase dominante, se han producido en este tiempo huelgas no oficiales que desbordaron a la burocracia y mostraron un potencial revolucionario importante. Un ejemplo fue la huelga de los trabajadores de la fábrica de Jasic en Shenzen en 2018, en la provincia de Guandong, que es considerado el modelo del capitalismo liberal y de privatizaciones en China. La huelga fue apoyada por un Comité de Solidaridad popular, cuyos activistas se convirtieron en víctimas de una dura represión gubernamental, acusados por su orientación marxista y “maoísta”.

El recurso a levantar la bandera del “maoísmo”, especialmente entre sectores de la juventud y los estudiantes, expresa también de forma distorsionada la búsqueda de las genuinas ideas del marxismo frente al fraude ideológico del Partido Comunista oficial que encabeza el régimen de capitalismo de Estado. 

China no podrá evitar indefinidamente las convulsiones sociales que el resto de las potencias capitalistas sufren. Simultáneamente al ascenso del imperialismo chino como un nuevo poder mundial, el proletariado chino será un importante aliado en la lucha del proletariado internacional.

El caso de Rusia es ilustrativo en este sentido. El régimen de Putin se benefició en las últimas dos décadas del aumento de los precios de las materias primas y de la falta de oposición política. Pero en los últimos años ha acusado un fuerte desgaste como consecuencia de la crisis económica y social que vive el país, y el endurecimiento de la represión no le ha dado más apoyos. Las movilizaciones desatadas tras el encarcelamiento de Navalny son un indicativo del crecimiento del descontento, como también lo es el retroceso de Rusia Unida en las elecciones a la Duma y el ascenso del Partido Comunista. Los desarrollos políticos en Rusia en el próximo periodo pueden producir movimientos de masas de gran calado.

La lucha por la hegemonía se agudiza

En China los desequilibrios económicos han sido paliados temporalmente con planes de inversión estatales que no tienen comparación con ningún otro país, pero la deuda pública y bancaria crece a un ritmo muy rápido, como lo hace también los riesgos de quiebra de grandes empresas ligadas al sector inmobiliario, donde la burbuja especulativa está fuera de control y puede pinchar con efectos muy negativos.[10]

Por otra parte, las obligaciones que el régimen imperialista de Beijing contrae cada día como superpotencia mundial tienen consecuencias muy claras: tendrá que lidiar con desafíos políticos y militares de gran envergadura, y sus ventajas competitivas menguarán inevitablemente a medida que la recesión económica se profundice.

La batalla entre las dos grandes potencias ha entrado en una nueva fase. Precisamente las derrotas que el imperialismo norteamericano ha sufrido empujan a la Casa Blanca a profundizar en el combate. Lo que está en juego es demasiado importante y tiene implicaciones que afectan no solo al poderío exterior de los EEUU, sino al propio futuro del capitalismo dentro de sus fronteras. El conflicto entre ambas potencias por la hegemonía mundial se agravará con consecuencias imprevisibles para la economía, para las relaciones internacionales —incluyendo nuevas guerras regionales y locales— e inyectará más combustible a la lucha de clases.

El capitalismo chino se encuentra en un periodo de ascenso y probablemente los efectos de la crisis actual entre sus competidores le permitirá escalar aún más posiciones. Pero no está blindado. Es necesario subrayar que no estamos ante un capitalismo virtuoso capaz de superar sus contradicciones. Ningún país, ninguna economía nacional por poderosa que sea, puede desacoplarse del mercado mundial y de su crisis orgánica en esta época de decadencia imperialista.

A pesar del papel de China, la metástasis que afecta a la economía global no ha dejado de agravarse. Tal y como explica el marxismo, el carácter anárquico de la producción capitalista dirigida por las fuerzas ciegas del mercado y por el afán de lucro individual implica, tarde o temprano, que la acumulación capitalista choque contra límites objetivos. Aunque el músculo económico chino contribuyó en la crisis de 2007-2008 a evitar un completo hundimiento, lo hizo sobre la base de crear nuevas contradicciones y alimentar la sobreproducción.

Las potencias del G7, en su última cumbre, emitieron un comunicado que aludía directamente contra China, por sus “subsidios industriales dañinos, incluidos aquellos que conducen a un severo exceso de capacidad, [y] una falta de transparencia con respecto al papel del Estado en la economía”. China produce actualmente el 53,3% del acero y el 57% del aluminio mundial, y según Occidente su política de subsidios estatales contribuye a “deprimir los precios, socavar la rentabilidad, generar distorsiones comerciales perjudiciales, crear desequilibrios regionales y desestabilizar las relaciones comerciales mundiales”.[11] El comunicado termina planteando la necesidad de adoptar acciones contra el exceso de capacidad subvencionado ilícitamente, es decir, contra China.

Pero lo que oculta la burguesía europea y estadounidense es que la sobreproducción es algo generalizado en todo el mundo. La industria mundial del acero, afectada ya de sobrecapacidad antes de la covid-19, ha incrementado su producción en 2020 en un 1,5%, y en el caso de China en un 5,2%. La OCDE calcula el exceso de producción en 704 millones de toneladas, del que a China le corresponde el 16%.[12]

La carrera entre China y EEUU por la hegemonía económica implica que las tendencias a la sobreproducción se refuercen, incrementando los desequilibrios. Tal y como explicó Lenin: “los capitalistas no se reparten el mundo por su particularidad maldad, sino porque el grado de concentración alcanzado les obliga a seguir por ese camino para obtener beneficios; y se los reparten proporcionalmente al capital, proporcionalmente a la fuerza, porque otro procedimiento de reparto es imposible en el sistema de la producción mercantil y del capitalismo”.[13]

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La carrera entre China y EEUU por la hegemonía económica implica que las tendencias a la sobreproducción se refuercen, incrementando los desequilibrios.

El imperialismo chino se muestra cada vez más prepotente, y tiene motivos para ello. Uno de los resultados de la crisis de la covid-19 es que ha puesto en evidencia la fortaleza de China en el control de las fuentes de materias primas y de las cadenas de suministro[14], algo que está afectando gravemente a la industria norteamericana y europea.

Lo mismo se puede decir respecto al comercio internacional: en noviembre del pasado año, China conseguía una nueva victoria gracias al tratado de Asociación Regional Integral y Económica, firmado por 15 países de la región de Asia-Pacífico. Sus integrantes suman más de 2.200 millones de habitantes, representan cerca de un tercio de la economía mundial y un PIB combinado de unos 26,2 billones de dólares en la región con mayor crecimiento del mundo. Una buena respuesta a la guerra comercial desatada por EEUU: China ya exporta más al sudeste asiático que a EEUU o a Europa.[15]

En África, las inversiones chinas han crecido entre 2014 y 2018 un 43%, mientras las de EEUU descendían un 30,4%, las de Gran Bretaña un 26,9% y las de Francia otro 11,7%. Nos encontramos ante un continente clave en cuanto a reservas de minerales y materias primas para el desarrollo de industrias emergentes como la del coche eléctrico. Una de ellas es el cobalto, y la República Democrática del Congo posee el 52% de las reservas mundiales y China es propietaria del 50% de sus minas.[16] Además, la potencia asiática concentra más del 80% de la capacidad de refinación del cobalto.

Su dominio sobre materias primas críticas (cobalto, germanio, berilio, etc.), fundamental en las industrias emergentes de energías renovables —China fabrica dos tercios de los paneles solares fotovoltaicos del mundo frente a un escaso 3% de los EEUU—, robótica, baterías, drones o teléfonos inteligentes, han supuesto el predominio de la Bolsa de Metales de Shanghái sobre la de Londres. China es el mayor productor de este tipo de materias primas y también el principal importador del mundo: “Incluso cuando extraen de yacimientos alternativos, la mayor parte del procesamiento se realiza en China antes de volver a exportarlos”, señala Hans Günter Hilpert, director de la División de Investigaciones sobre Asia del centro de estudios alemán SWP.[17] En este mismo sentido, China se ha convertido recientemente en el mayor refinador del petróleo del planeta, por delante de los EEUU.[18]

Otro hecho señala el profundo cambio que se está operando. En 2020 la UE se convirtió en el mayor socio comercial de China, incrementándose sus exportaciones en un 2,2% y sus importaciones en un 5,6%, mientras disminuían respecto a EEUU en un 13,2% y un 8,2% respectivamente. El tren de carga China-UE, parte de la Nueva Ruta de la Seda, ha registrado ya más de 40.000 viajes transportando mercancías por valor de 200.000 millones de dólares, resultando crucial en el mantenimiento de las cadenas de suministro durante la pandemia[19].

Las fusiones y adquisiciones transfronterizas de China, especialmente en Europa, se han incrementado un 268% en 2020, y lidera por primera vez la solicitud de patentes en Europa, por encima de Alemania y EEUU.

Europa se encuentra cada vez más atrapada entre China y EEUU. Mientras hace 20 años el viejo continente aún concentraba un tercio de la producción mundial, ahora ese porcentaje se ha reducido hasta el 15%. De ahí la posición esquizofrénica de sus líderes, reuniéndose una semana con Biden para condenar a China por su falta de respeto a los derechos humanos, para seguidamente reunirse con Xi Jinping y plantear que el alineamiento con EEUU frente a China “sería contraproducente”.

El intento de EEUU de recuperar las posiciones perdidas no es por tanto un sueño de Trump y los sectores de extrema derecha del Partido Republicano, sino una necesidad imperiosa de la burguesía norteamericana. Biden ha mantenido el mismo discurso nacionalista y la misma hostilidad hacia China, aprobando nuevas medidas como la prohibición de invertir en 59 empresas vinculadas a la industria de defensa China, incluyendo a Huawei. El plan de 6 billones de dólares anunciado por la Administración Biden, y la sección que se ha aprobado con el apoyo de los republicanos dedicada a modernizar las infraestructuras estadounidenses, es parte de esta guerra económica.[20]

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El intento de EEUU de recuperar las posiciones perdidas no es un sueño de Trump y los sectores de extrema derecha del Partido Republicano, es una necesidad de la burguesía norteamericana.

El retroceso de EEUU en la calidad de sus infraestructuras es un buen reflejo de su decadencia económica. Si en el año 2002 ostentaba la quinta posición mundial en este terreno, en 2019 había caído hasta la decimotercera posición, con una calificación de C- según la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles. En ese mismo periodo, las inversiones públicas en infraestructuras cayeron desde el 2,7% del PIB al 0,7%. El Consejo de Relaciones Exteriores así lo señalaba en un informe de abril de este año: “la infraestructura de EEUU está peligrosamente sobrecargada y rezagada respecto a la de sus competidores económicos, en particular China”. Recientemente el huracán Ida provocó colapsos del sistema eléctrico, como también ocurrió en Texas en febrero de este año tras una tormenta de invierno sin precedentes, y ciberataques han paralizado infraestructuras estratégicas como la del Oleoducto Colonial en mayo de este año, que suministra energía a la mayor parte de la costa este de los EEUU.[21]

La agresividad militar que muestra Biden nada tiene que envidiar a la de Trump. La Casa Blanca dirigida por los demócratas acaba de presentar el presupuesto militar más grande de la historia para el año que viene: 753.000 millones de dólares, incluyendo 24.700 millones de dólares dedicados a armamento nuclear. Las perspectivas no pueden estar más lejos de la estabilidad y la buena vecindad. El tono es cada vez más agresivo.

A mediados de septiembre la lucha entre las dos grandes potencias dio un nuevo paso adelante con la firma de un acuerdo de seguridad estratégica entre EEUU, Reino Unido y Australia para asegurar sus intereses en la región Indo-Pacífico. El acuerdo incluirá planes para alcanzar una mayor integración de las iniciativas comunes en investigación, desarrollo tecnológico e industrial relacionado con la defensa y, como primer paso, permitirá a Australia dotarse de los más modernos submarinos de propulsión nuclear. Es probable que en las próximas semanas Biden intente atraer a Japón e India a esta iniciativa. La reciente gira de Kamala Harris por el sureste asiático estaba sin duda destinada a preparar el terreno.

De momento, a la espera de la respuesta de Beijing, el primer gran perjudicado de este acuerdo ha sido Francia, que pierde un contrato de 50.000 millones de dólares para renovar la flota submarina de Australia. Un hecho que contribuye a agrietar más la alianza de la UE con el imperialismo estadounidense, y que ha elevado la tensión con Macron llamando a consultas a los embajadores de EEUU y Australia.

China ha respondido inmediatamente, manifestando que dicho acuerdo supone una amenaza para su seguridad nacional. Durante el último año no ha dejado de elevar la presión sobre Australia mediante la imposición de aranceles a industrias claves como la del carbón, la cebada o los vinos, y reduciendo sus inversiones en un 27% en este país. El boom económico vivido por Australia en las últimas décadas ha estado condicionado por el incremento exponencial de sus exportaciones de materias primas y productos a China. Más del 40% de su comercio es con China frente a menos de un 30% con los países de la OCDE, lo que sitúa al Gobierno australiano ante serias dificultades económicas en el próximo periodo, que se traducirán en una intensificación de la lucha de clases.

Taiwan se ha convertido en un foco de tensiones crecientes entre EEUU y China. El PCCh ha incrementado la presión sobre la “provincia renegada” en los últimos años, enviando aviones de combate al espacio aéreo taiwanes en los últimos meses y comenzando la construcción de un túnel hacia la isla.

Aunque un enfrentamiento militar directo con el régimen títere de EEUU en un futuro cercano es poco probable, los EEUU y sus aliados puede utilizar la cuestión taiwanesa como la base de una política más agresiva en los próximos años, especialmente por la importancia estratégica que Taiwan y el mar del Sur de China tiene en la región del Pacífico, donde EEUU ha incrementado su presencia en los últimos años en preparación para una confrontación más directa con China. No debe olvidarse que Taiwan no es un país del Tercer Mundo, sino que concentra industrias estratégicas, , como la de semiconductores y de importantes productos electrónicos especialmente en la costa oeste, que resultan centrales para el capitalismo global y los intereses del imperialismo estadounidense.

Deuda pública, especulación y parasitismo financiero

La profunda crisis desatada tras el estallido de la pandemia es la expresión de todas las contradicciones que se han ido acumulando desde la gran recesión de 2007-2008. En aquel momento las ingentes cantidades de dinero público movilizadas para salvar al capital financiero y a los grandes monopolios evitaron un colapso total. ¡Lo mismo podemos decir ahora!

La socialdemocracia internacional, y sus amigos de la nueva izquierda reformista, intentan presentar la respuesta gubernamental en 2020 como algo radicalmente diferente a la de 2008. Se atreven a hablar de un nuevo “paradigma”, de medidas “keynesianas” y del fin del neoliberalismo. Pero los hechos concretos desmienten estas afirmaciones. Que se hayan activado ERTE, planes temporales contra los desahucios, o ayudas directas para las familias, completamente insuficientes, no cambia el trasfondo de la estrategia de la burguesía. Los más de 12 billones invertidos por los bancos centrales y los Gobiernos capitalistas para hacer frente a la depresión son un nuevo y gigantesco rescate bancario y empresarial.

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La socialdemocracia internacional, y sus amigos de la nueva izquierda reformista, presentan la respuesta gubernamental en 2020 como algo diferente a la de 2008. Pero los hechos concretos lo desmienten.

El año 2020 supuso una debacle económica mucho más profunda que la vivida en 2007-2008. Las instituciones capitalistas tuvieron que reconocerlo, pero al mismo tiempo lanzaron una vasta campaña propagandística afirmando que de forma inmediata seguiría una recuperación en V. La realidad ha cuestionado esa montaña de mentiras.

El Banco Mundial (BM) prevé que 2021 acabe con un crecimiento global de un 5,9%, impulsado principalmente por el repunte de China (8,5%) y EEUU. (6,8%). Por detrás, la Unión Europea con un 4,2% y Japón con un escaso 2,9%. Un crecimiento sin embargo, “un 3,2 % por debajo de las previsiones anteriores a la pandemia”. Incluso en el mejor de los casos, persisten importantes riesgos e incertidumbres, que hacen que la situación económica sea extremadamente volátil: “Una pandemia más persistente, una ola de quiebras de empresas, tensiones financieras o incluso el malestar social podrían desbaratar el proceso de recuperación”.[22]

Un punto crítico son los países emergentes o en desarrollo. El BM señala que “los logros en este grupo de economías no son suficientes para recuperar las pérdidas experimentadas durante la recesión de 2020 y se prevé que la producción en 2022 será un 4,1% inferior a la prevista antes de la pandemia… Para 2022 las pérdidas de ingresos per cápita registradas en 2020 no se habrán revertido por completo en aproximadamente dos tercios de los mercados emergentes y las economías en desarrollo”.

Una de las razones de esta situación es el desigual proceso de vacunación en todo el mundo. El 80% de las vacunas son acaparadas por un puñado de países ricos. Mientras este club privilegiado de naciones ha completado la pauta para el 70% de la población, entre los países más pobres no se supera el 2%.[23] Una situación que pone en riesgo la recuperación económica mundial, por la posibilidad de que surjan variantes más letales y contagiosas, tal y como ya ha ocurrido con la Delta. A pesar de que los medios técnicos y científicos para acabar con la pandemia existen, el poder de los grandes monopolios farmacéuticos y sus beneficios estratosféricos están impidiendo salvar millones de vidas.

Otro factor que adquiere cada vez más relevancia sobre las condiciones de vida de la población y la economía mundial son los efectos devastadores del cambio climático. Según un estudio del Swiss Re Institute, un aumento de 2 grados en las temperaturas —el supuesto objetivo que pretende evitar el Acuerdo de París— supondría una caída del PIB mundial del 11%; con un incremento de 2,6 grados la caída sería del 13,9% y si las temperaturas se elevaran en 3,2 grados el colapso del PIB mundial sería del 18,1%.[24]

Cuando la clase dominante habla de controlar la situación, basta citar el crecimiento de la deuda pública, empresarial y de las familias para ver como mienten. Tan solo en 2020 el endeudamiento global aumentó otros 30 billones de dólares, hasta situarse en 289 billones de dólares, el 360% del PIB mundial. Este inmenso peso muerto pondrá contra las cuerdas a los Gobiernos en el próximo periodo.

Según datos del Instituto Internacional de Finanzas (IIF)[25], el incremento del endeudamiento público medio en las economías avanzadas durante la pandemia ha saltado del 110% al 135% del PIB. En 2007, antes del estallido de la burbuja de las subprime, representaba tan solo el 46% del PIB. En el caso de las economías emergentes los datos son igual de preocupantes, con un incremento de la deuda pública de 600.000 millones, del 52% al 60% del PIB frente al 28% del año 2007.[26]

Ante esta situación, el IFF advierte sobre la necesidad de realizar reformas fiscales y ajustes de déficit, es decir, más recortes y austeridad, pero reconoce las serias dificultades que pueden encontrar los Gobiernos: “Aunque los déficits presupuestarios considerables han sido fundamentales para hacer frente a la crisis, encontrar la estrategia de salida correcta puede ser aún más difícil que en la crisis de 2008 y 2009. La presión política o social puede limitar los esfuerzos de los gobiernos para reducir déficits y deuda, poniendo en riesgo su capacidad para hacer frente a futuras crisis”.[27]

En el caso de EEUU, solo la deuda empresarial ha alcanzado 11,2 billones de dólares, el 50% del PIB, y la de las familias 14,6 billones, correspondiendo 10 billones a deudas hipotecarias y casi 2 billones a deudas para cursar estudios universitarios. La Reserva Federal (FED), que está inyectando mensualmente en la economía 120.000 millones de dólares, ha duplicado su deuda en 2020 desde los 2,25 billones de dólares hasta los 4,59 billones de dólares, previéndose que a este ritmo pueda alcanzar casi los 9 billones de dólares a finales de este año.

Los estímulos destinados por la Reserva Federal para salvar a Wall Street han supuesto el 20% del PIB norteamericano. A esto hay que sumar las leyes de Ayuda CARES y COVID Relief impulsadas por la administración Trump, que supusieron cerca del 14 % del PIB, y los nuevos planes aprobados por la Administración Biden, que podrían ascender hasta los 6 billones de dólares. En total, el rescate de la economía norteamericana, es decir, de los grandes monopolios y del capital financiero, alcanza el 40% del PIB estadounidense.[28]

Lo mismo podemos decir respecto a la UE. Sumando el programa de compras contra la pandemia (PEPP) y otros estímulos, la deuda del BCE supera ya los 7 billones de euros. Las ayudas de Alemania e Italia a su banca y grandes empresas han alcanzado el 30% de su PIB; en el caso del Estado español un 20%, y en Francia o el Reino Unido en torno al 15%. La Oficina de Responsabilidad Presupuestaria del Gobierno Británico ha señalado que nos encontramos ante “el mayor riesgo fiscal en tiempos de paz [que] dejará un legado horrible para las finanzas públicas”, destacando que la ingente inyección de liquidez “fue casi diez veces el nivel de apoyo brindado durante la crisis financiera… pero la deuda pública es alrededor de tres veces más alta que en 2008”.

En China, a pesar de su enorme músculo económico, la deuda pública, empresarial y familiar se ha elevado desde 2008 del 140% al 280% del PIB. Una de las principales razones es el crecimiento de la llamada “banca en la sombra” que representa ya el 86% del PIB chino y el 29% de los activos bancarios del país. Pero sus competidores no están mucho mejor: en EEUU la deuda global alcanza el 286% y en la eurozona el 283%.[29] Según el Consejo de Estabilidad Financiera[30], a finales de 2019 la banca en la sombra representaba el 49,5% del sistema financiero mundial, correspondiendo a EEUU el 30% de la misma.[31]

Este crecimiento desaforado del endeudamiento público —cuya otra cara son las políticas de austeridad criminales— ha generado a su vez una burbuja especulativa extraordinaria.[32] Las montañas de liquidez puestas al servicio del gran capital no han supuesto ninguna recuperación vigorosa en las tasas de inversión productiva, pero si la puesta en circulación de un volumen de capital ficticio sin precedentes en la historia del capitalismo, que dispara los beneficios bursátiles al margen de la ventas reales de las empresas, y contribuye a otro fenómeno que ya está causando estragos: la inflación.

El propio FMI señalaba “una divergencia chocante entre los mercados financieros y la economía real: los indicadores financieros muestran unas perspectivas de relanzamiento mejores que las que se deducen de la actividad real”. Tesla, por ejemplo, con un aumento de los ingresos del 5% y de sus flujos de tesorería en un 20%, incrementó la cotización de sus acciones en un 750%.

En EEUU, el índice bursátil S&P 500 bate récords desde hace meses, y en el primer cuatrimestre de 2021 logró un beneficio medio por acción de las firmas cotizadas (BPA) de 39,7 dólares, el mayor de la historia. En el tercer cuatrimestre se prevé que lo supere llegando hasta los 50 dólares por acción. Un crecimiento alimentado por operaciones puramente especulativas de recompra de acciones. Goldman Sachs prevé que “la recompra de 726.000 millones de dólares en acciones impulsará al S&P 500 hasta los 4.700 puntos”[33]. Tras los mínimos registrados en marzo de 2020 con el estallido de la pandemia, el S&P 500 ha tenido un repunte del 100,2%, el Nasdaq de un 100% y el Dow Jones de un 91,6% en 2021.

Nos encontramos antes las mismas fórmulas que en la anterior crisis económica, y de nuevo escuchamos a los economistas neokeynesianos señalar la necesidad de que el crédito y esas inyecciones de liquidez fluyan hacia el sector productivo. Pero ¿para qué se va a pasar por el proceso productivo cuando la política de los bancos centrales y los Gobiernos permite obtener ganancias más cuantiosas, de forma sencilla y más rápida mediante la especulación con deuda, bonos o acciones?

Tal y como explicaba Lenin, en la época de decadencia orgánica del capitalismo “el grueso de los beneficios va a parar a los genios de las intrigas financieras. Esas maquinaciones y chanchullos tienen su base en la socialización de la producción; pero el inmenso progreso de la humanidad, que ha conducido a esa socialización… beneficia a los especuladores”.[34]

El capital financiero, robustecido aún más por la inyección de liquidez de los bancos centrales, se ha hecho más omnipresente y parasitario, sin que ninguna barrera se haya interpuesto para impedirlo.[35] Un proceso que discurre paralelamente a una concentración y monopolización del capital a un grado nunca visto.[36]

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El capital financiero, robustecido aún más por la inyección de liquidez de los bancos centrales, se ha hecho más omnipresente y parasitario, sin que ninguna barrera se haya interpuesto para impedirlo.

El gran capital financiero se entreteje formando un todo con el Estado burgués y con las grandes instituciones financieras, actuando como gestores y consultores de la Reserva Federal o del BCE en sus programas de compra de activos, un negocio redondo en el que son juez y parte.[37] El Estado no acude en ayuda del capital financiero, sino que es un resorte del mismo para acumular capital y garantizar sus tasas de beneficios: “El monopolio del Estado en la sociedad capitalista es meramente un medio de elevar y garantizar los ingresos de los millonarios al borde de la bancarrota en tal o cual industria”.[38]

La orgía especulativa está impulsando la inflación en numerosos sectores. La existencia de cientos de miles de millones de dólares ociosos que no se destinan a la actividad productiva, presionan en aquellos sectores donde la demanda está asegurada. Es lo que ocurre en el sector inmobiliario, donde los grandes fondos de inversión y los bancos dominan el mercado del alquiler y la propiedad provocando subidas permanentes. O con la electricidad, cuyos precios se disparan no porque los costes de producción suban, sino por el control monopolístico del sector tras décadas de privatización de un servicio fundamental. Lo mismo ocurre en otros sectores, como el gas o las empresas agroalimentarias, o la educación y la sanidad.

La amenaza de la estanflación (estancamiento más inflación) no es una hipótesis lejana, ya está llamando a la puerta de la economía global. En EEUU los precios han escalado hasta el 5,4%, la tasa más alta en 29 años. En China, la inflación industrial ha marcado en julio un nuevo récord del 9%, la mayor en más de una década, y podría provocar un encarecimiento general de los precios en todo el mundo. En el caso de la UE la inflación se ha situado en el 2,2% en julio, la más alta desde 2018.

En esta dinámica, la subida del precio de los alimentos tiene tremendas consecuencias sociales. La FAO señala que desde mayo de 2020 a mayo de 2021 el incremento del precio de los alimentos ha sido del 39,7%, el más alto desde que se empezó a registrar. Los cereales subieron un 36,6%; el aceite vegetal, un 124%; los lácteos, un 28%; la carne, un 10% y el azúcar un 57%. El índice de precios de los alimentos de la FAO se situó en agosto en los 127,4 puntos, cerca de su nivel récord (137,6), alcanzado en 2011, y que supuso uno de los acicates en el estallido de la primavera árabe.

El FMI ha señalado que los precios podrán seguir subiendo hasta en un 25%, lo que junto a la catástrofe de la covid provocará una nueva epidemia de hambre en el mundo. El último informe de Naciones Unidas señala que el número de personas que directamente lo padecerán ha pasado de 650 millones en 2019 a 811 millones a finales de 2020 (un 10% de la población mundial), elevándose al 21% en el caso de África. 2.300 millones de personas sufrirán inseguridad alimentaria, ¡el 30% de la población mundial!

Desde numerosos medios de comunicación se señala a los desastres ecológicos como la causa de estas subidas. Obviamente, una de las razones de la lucha contra el cambio climático es preservar la fertilidad de la tierra y garantizar una producción de alimentos sostenible que permita alimentar al conjunto de la población. Sin embargo, este planteamiento oculta que el problema fundamental no es el cambio climático, sino la especulación y el propio modo de producción capitalista. El último trabajo elaborado a este respecto por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y Tesco[39] señala que el 40% de la producción mundial de alimentos, 2.500 millones de toneladas, se desperdicia. Estas pérdidas son mayores en los países industrializados, suponiendo el 58% del total. Si no hay beneficio, los capitalistas prefieren que los productos se pudran.

Interrupción de la cadena de suministros y “desabastecimiento”

Otro aspecto relevante del momento actual es la subida de los precios del petróleo, gas, acero, cobre, aluminio, y otras materias primas indispensables para la producción industrial, como los semiconductores. El Banco Mundial señala que los precios se han duplicado y triplicado, alcanzando en algunos casos las cotas previstas para el año 2035 (desde enero, el precio del crudo Brent ha batido su máximo de tres años, hasta llegar a los 83,67 dólares por barril).

Las tensiones inflacionarias obedecen a una combinación de factores: la especulación financiera que desvía grandes flujos de capital a las empresas monopolísticas de la energía, y que se retroalimenta por los planes de rescates y “estímulos” de los Bancos Centrales; el importante incremento de la demanda de bienes de consumo tras el colapso sufrido durante la pandemia; el acaparamiento de stock y de contenedores por parte de las grandes multinacionales para aumentar su tasa de beneficios durante este repunte global. También los altos aranceles que la guerra comercial entre EEUU y China alienta, y la decisión del Gobierno de Beijin de retener materias primas esenciales para blindar su músculo industrial y comercial, alimentan la espiral de precios.

En estos últimos meses se ha producido una presión colosal sobre la cadena de suministros, condicionada a su vez por una organización just in time tras años de globalización económica y socialización de la producción a una escala sin precedentes. Y esto ha tenido consecuencias evidentes, dificultando enormemente la reposición de stock al ritmo que la demanda está exigiendo. La producción de componentes industriales de todo tipo, semiconductores, materias primas, etc.; claves para la automoción, la máquina herramienta, la línea blanca y la electrónica (consolas, ordenadores, móviles de última generación…) se ha visto duramente afectada, provocando el desabastecimiento temporal y meses de espera para que muchos de estos productos sean entregados.[40]  

Las ventajas de la globalización también muestran sus límites. Las nuevas tecnologías de la comunicación y el desarrollo exponencial del comercio por internet, junto al abaratamiento de los medios de transporte, generó una auténtica revolución con la formación de cadenas de valor global, que ahora se ven afectada por las gigantescas distancias que tanto los componentes como las mercancías deben recorrer para llegar a las fábricas y a los puntos de venta.

En cualquier caso debemos señalar que este repunte de consumo, que ha propiciado una campaña histérica sobre la supuesta hecatombe de desabastecimiento que se podría vivir durante las compras navideñas, afecta a los sectores de la sociedad que cuentan con fuerte poder adquisitivo, especialmente a las capas medias que concentran el grueso del ahorro disponible. Pero no lo podemos considerar como una tendencia de fondo, ni siquiera sostenible a medio plazo, que permita superar el largo periodo de estancamiento capitalista.

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Debemos señalar que este repunte de consumo, no lo podemos considerar como una tendencia de fondo, ni siquiera sostenible a medio plazo, que permita superar el largo periodo de estancamiento capitalista.

Como indica el último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) publicado el 8 de noviembre, durante la primavera se ha producido un derrumbe generalizado de las rentas familiares pese al repunte del Producto Interior Bruto (PIB). Según el estudio, en los países que integran la OCDE la disminución ha sido del 3,8%, y los estadounidenses encabezan la caída de la renta per cápita con una bajada del 8,35% (en otros países el retroceso también ha sido importante, Grecia -4%, Hungría -2,7%, Países Bajos -2,1%, Irlanda -1,4% y el estado español -1,17%). [41]

Notas.

[1]   François Chesnais, La originalidad absoluta de la crisis sanitaria y económica mundial 

[2] En enero de 2021 se producía un primer rebrote, que terminó con apenas 2.000 contagios, produciéndose la primera muerte por covid-19 desde el 17 de mayo de 2020. El 7 de enero de 2021 la ciudad china de Shijiazhuang, con 11 millones de habitantes, entró en cuarentena tras detectarse 117 contagios. En las primeras 24 horas se realizaron más de 6 millones de PCR y se analizaron el 40% de ellas, se suspendieron las clases y se cerraron las estaciones de tren, autobús y el aeropuerto.

[3] China deja atrás a Occidente en la cuarta revolución industrial

[4] Pandemia en la India: caos, devastación y barbarie capitalista

[5] Así reflejaba el Atlantic Council (un think tank estadounidense fundado en 1961) la crisis del mercado de semiconductores en uno de sus últimos informes: “La reciente escasez de semiconductores fue una llamada de atención para la economía estadounidense, ya que los legisladores se dieron cuenta de que alrededor del 75 por ciento de la producción mundial de semiconductores tiene lugar en China y algunas otras economías del este de Asia. Además, más del 90 por ciento de la capacidad de semiconductores más avanzada del mundo se encuentra en una economía, Taiwán, cuya soberanía se ve frecuentemente amenazada por China. Esto ha animado a la Unión Europea y los Estados Unidos a contemplar seriamente la expansión de sus capacidades de fabricación de semiconductores. Un informe de Boston Consulting Group destaca la necesidad de incentivos gubernamentales para promover las inversiones privadas en la industria de los semiconductores. El informe estima que 50.000 millones de dólares en programas de incentivos financiados por el gobierno durante los próximos diez años serían un buen punto de partida para que el gobierno de Estados Unidos restableciera gradualmente al país ‘como un lugar atractivo para la fabricación avanzada de semiconductores”.

[6] China deja atrás a Occidente en la cuarta revolución industrial

[7] Así lo explicaba un analista ligado al Gobierno chino en el Global Times: “El Estado no puede permitir que [las empresas tecnológicas] se conviertan en legisladores para la recopilación y el uso de información personal. Los estándares deben estar en manos del estado para garantizar que esos gigantes ejerzan moderación en la recopilación de información personal. Especialmente para empresas como Didi Chuxing, que cotizan en los Estados Unidos, y sus primeros y segundos accionistas son todas empresas extranjeras, el país necesita tener una estricta supervisión de seguridad de la información… tanto para mantener la seguridad de la información personal como para mantener la Seguridad Nacional”

[8] China ya concentra la mitad de la clase media mundial 

[9] Todos los datos sobre salarios provienen del Global Wage Report 2018-2019 de la Organización Mundial del Trabajo.

[10] “La inmobiliaria más endeudada del mundo, la china Evergrande, se desmorona, es la firma más endeudada de su industria en todo el mundo, con unas cargas de 305.000 millones de dólares, y atraviesa serias dificultades para hacerlas frente. Entre temores a una quiebra que pueda arrastrar a su sector y dejar graves consecuencias en la economía china —la construcción es uno de sus pilares—, esta semana ha visto ya dos recortes consecutivos en la calificación de su deuda (…) La compañía ha perdido en lo que va de año en torno al 70% de su valor. En agosto, sus contratos de venta —incluidos los de activos ofrecidos como pago a sus proveedores— cayeron un 26% con respecto al mismo mes del año pasado (…) Una de las grandes dudas en torno a la situación de la inmobiliaria concierne a cómo responderá el Gobierno chino. Si acudirá al rescate, dado el tamaño de la compañía y el posible ‘efecto contagio’, u optará por abandonar a su suerte a un grupo que, en palabras de la consultora Eurasia Group, es ‘el ejemplo notorio de una gestión irresponsable de la deuda y mala conducta en el mercado inmobiliario’…”

[11] G7 criticizes subsidies driving overcapacity in steel, aluminium 

[12] Pandemia ocasiona sobreproducción de acero en el mundo

[13] El imperialismo, fase superior del capitalismo, V. I. Lenin, edición de la FFE, p. 115.

[14] La Casa Blanca ha publicado un informe contundente sobre la debilidad de las cadenas de suministro para los EEUU

[15] El Sudeste Asiático se convierte en el mayor socio comercial de China

[16] Según la Oficina de Eficiencia Energética y Energía Renovable de EEUU, el cobalto tiene el mayor riesgo de cadena de suministro de material para baterías de iones de litio y vehículos eléctricos en los Estados Unidos

[17] Cómo la minería china domina el mercado de las materias primas críticas

[18] China supera a Estados Unidos y se convierte en el mayor refinador del mundo

[19] La nueva Ruta de la Seda china acaba en Duisburgo 

[20] China y Estados Unidos: el multimillonario plan de Washington para competir con el gigante asiático en el campo de la tecnología (y por qué Pekín lo considera un “delirio paranoide”)

[21] El plan de infraestructuras de Biden: qué, cómo, por qué y contra quién 

[22] La economía mundial: en camino hacia un crecimiento firme, aunque desigual debido a los efectos perdurables de la covid-19

[23] En Asia, el continente más poblado del mundo, el proceso de vacunación completo, al margen de China, va muy lento. India solo ha administrado la dosis completa al 10,1% de su población, Tailandia al 11,2% o Indonesia al 13,1%. En América Latina, México y Brasil, los países más poblados del continente, solo han administrado la pauta completa al 26,3% y al 28,9% respectivamente. En el caso de África la situación es dramática, solo el 1,8% de la población cuenta con la pauta completa.

[24] This is how climate change could impact the global economy. Esta misma institución calcula que solo las pérdidas aseguradas por catástrofes naturales en la primera mitad del año, excluidas las catástrofes que hemos vivido este verano, han alcanzado un récord de 42.000 millones de dólares

[25] Patronal global de la banca.

[26] La deuda mundial cae ligeramente tras dos años y medio de escalada ininterrumpida

[27] La deuda global alcanza un nuevo récord por el impacto de la pandemia

[28] El problema del rescate del neoliberalismo

[29] ¿Quo vadis, deuda de China?

[30] Organismo internacional que persigue la eficacia y estabilidad del sistema financiero internacional. Se creó tras la Cumbre del G-20 en Londres como sucesor del Foro de Estabilidad Financiera.

[31] Global Monitoring Report on Non-Bank Financial Intermediation 2020

[32] Los CLO, similares a las subprime y los CDO, que desencadenaron el crack financiero en el año 2007, han escalado hasta el billón de dólares (700.000 millones en manos de entidades financieras norteamericanas). La propia UE está impulsando cambios legislativos de cara a poder crear un mercado de préstamos dudosos, que con la pandemia podrían alcanzar la cifra de 1,4 billones de euros en el año 2022: “El objetivo de las nuevas normas es apoyar el desarrollo del mercado secundario de préstamos dudosos en la UE con el fin de permitir que los bancos limpien sus balances de ‘préstamos incobrables’, garantizando al mismo tiempo que la venta no afecte a los derechos de los prestatarios”.

[33] La recompra de 726.000 millones de dólares en acciones impulsará al S&P 500 hasta los 4.700 puntos

[34] Imperialismo, fase superior del capitalismo, V. I. Lenin, FFE, p. 49.

[35] La mayor gestora de fondos de inversión del mundo, BlackRock, ha incrementado su riqueza durante la pandemia en 1,2 billones de dólares hasta alcanzar la cifra récord de 9,5 billones de dólares, solo por detrás del PIB de EEUU y China. El fondo posee un software propio de análisis de riesgos llamado Aladdin, que gestiona activos por más de 21,6 billones. Los tres grandes fondos de inversión del mundo, BlackRock, Vanguard y State Street, controlan el 20% de Wall Street, son los mayores accionistas del 40% de todas las compañías estadounidenses. También poseen el 20,16% de Pfizer y el 21,23% de Johnson&Johnson; BlackRock es el principal accionista de AstraZeneca con un 7,69%.

[36] La revista Nature en un reciente estudio sobre el cambio climático, confirmaba hasta qué punto los recursos naturales del planeta, la producción agropecuaria, mineral, farmacéutica o de cualquier otro sector, se han concentrado en manos de un puñado ínfimo de grandes monopolios: cuatro multinacionales controlan el 84% del mercado de pesticidas, diez el 56% del mercado de fertilizantes, otras diez el 83% del farmacéutico para ganado y solo tres compañías el 60% del mercado de semillas. En el sector de la minería, cinco multinacionales acaparan el 91%, 88% y 62% de la producción mundial de platino, paladio y cobalto, y diez multinacionales el 64%, 52%, 50% y 45% de la producción de níquel, hierro, cobre y zinc respectivamente, así como el 34% y 30% de la de plata y oro. El 72% de las reservas de petróleo y el 51% de las de gas están en manos de una decena de compañías multinacionales, mientras que otras tantas producen el 30% del cemento mundial. También son diez las que acaparan el 25% de la producción mundial de papel y cartón, y trece las que concentran entre el 11 y el 16% de la pesca mundial y entre el 20 y el 40% de las reservas pesqueras. Cinco multinacionales controlan el 90% del comercio mundial de aceite de palma, otras tres el 60% de la producción de cacao, diez el 40% de la producción de café, ocho el 54% de la de soja, tres el 42% de la producción de plátano y cinco el 48% de la producción de salmón.

[37] En 2020, la Comisión Europea elegía a BlackRock como asesor principal en incorporar criterios “verdes y sociales” en las finanzas, es decir, para jugar un papel determinante en el reparto de los fondos europeos.

[38] El Imperialismo, fase superior del capitalismo, V. I. Lenin, FFE, p. 65.

[39] Driven to waste: The global impact of food loss and waste on farms

[40]   A un incremento tan fuerte de la demanda se sucede inevitablemente un fuerte aumento de los precios, agudizado también por el control monopolístico de sectores claves para el comercio mundial. El caso del transporte marítimo es muy relevante. El 80% de los bienes que se consumen en el mundo llegan a su destino por vía marítima. Y cinco navieras copan el 65% del mercado de portacontenedores.

El líder es Maersk, con un 17% de la cuota y capacidad para transportar 4.247.540 contenedores a bordo de sus 731 buques, a los que añadirá 26 más en los próximos años

El crecimiento de los precios de los contenedores está relacionado con este control monopolístico y con el aumento rápido de la demanda: según informes de Container Trades Statistics, los despachos comerciales desde Asia hacia EEUU en enero-agosto de 2021 fueron un 25 % superior al mismo periodo de 2019. También la capacidad de desembarcar mercancías en los principales puertos del mundo se ha visto limitado por las continuas reconversiones que han implicado el despido de miles de estibadores y la adecuación de la descarga a las exigencias del just in time y la reducción de costes. La capacidad de hacer frente a situación extraordinarias como la que vivimos ahora se ha reducido notablemente, lo que explica las imágenes de decenas de buques contenedores haciendo cola en los puertos de San Francisco y Singapur.

Lo mismo se puede decir respecto al trasporte por carretera, donde los retrocesos en las condiciones laborales y la sobreexplotación han generado un envejecimiento de las plantillas y una escasez de mano de obra que ahora pesa negativamente. 

[41] Según la encuesta de consumidores de la Comisión Europea (CE), los 600.000 millones de euros 'retenidos' por las familias en 2020 se encuentran distribuidos de una forma desigual, tanto a niveles de renta como de edad. Esta desigualdad impedirá que el grifo del consumo se abra con la fuerza esperada: "los consumidores en los cuartiles superiores han experimentado grandes aumentos en el ahorro, lo que sugiere que sus niveles de ingresos han estado protegidos en gran medida, mientras que el consumo caía por las menores oportunidades de gastar mientras debido a las restricciones. Por el contrario, los que se encuentran en los cuartiles de ingresos más bajos solo han experimentado un aumento muy limitado de sus ahorros".

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