El pasado mes de julio la prensa se hacía eco de una nueva publicación que alertaba del colapso de la gran circulación atlántica (AMOC por sus siglas en ingles) para el año 2057[1].  Pero…

¿Qué es la AMOC y por qué debería preocuparme?

En el océano se producen una serie de corrientes impulsadas por la circulación termohalina. Este nombre hace referencia a cambios de temperatura y salinidad que determinan la densidad del agua y, en consecuencia, sus movimientos relativos.

Desde que se conoce, la cosa ha funcionado más o menos así:

a) En el ártico, el agua se enfría y una parte de ella se congela, pero ese agua está salada y solo se congela agua dulce. De forma que a medida que crece el hielo, la masa de agua restante se vuelve más salada. Así se forman aguas de elevada densidad —por ser fría y ser salada— que descienden a las profundidades oceánicas.

b) Desde ahí, se produce una complicada configuración de corrientes. Estas pasan por el Antártico y vuelven a aflorar en la superficie del Índico y el Pacífico. Como aguas superficiales se calientan en las zonas ecuatoriales por acción directa del sol, y van descargando ese calor en su camino de retorno al Polo Norte, pasando de nuevo por el Polo Sur.

c) Es decir, estas corrientes actúan como un sistema global de calefacción central que redistribuye el calor desde el Ecuador al resto del mundo. Sin ellas, el ambiente se volvería glacial hacia los polos y en el Ecuador el calor se haría más extremo. Esto no es una simple hipótesis, sino lo que demuestra la paleoclimatología, porque ya ocurrió en el pasado: fue hace unos 12.500 años —varían las fechas según las fuentes— en la última edad de hielo (bautizada como Younger Dryas). En aquel momento, a causa de un proceso natural de calentamiento global, el hielo ártico comenzó a derretirse; la AMOC paró y el hielo se expandió.

d) Además, en el Antártico se da un fenómeno: las corrientes antárticas forman parte de un gran sumidero de calor y CO2 planetario. Este sumidero está estrechamente relacionado con la AMOC: cuánto más lenta es la AMOC, menos calor y CO2 traga el sumidero. De modo que según se debilitan estas corrientes, se retroalimentan el calentamiento global y el efecto invernadero[2]. Además tiene otras muchas implicaciones en meteorología, migración de fauna marina y afloramientos de nutrientes fundamentales para las cadenas tróficas del mar.

Poner fecha a la parada de la AMOC quizá sea osado, pues la evidencia científica es limitada para asegurar que vaya a ocurrir en la década de los cincuenta de este siglo. Pero en un aspecto relevante sí coinciden todas las investigaciones: la AMOC está parando, la última vez que lo hizo ocurrió una glaciación y una vez la AMOC ha frenado, tarda siglos en ponerse en marcha de nuevo. Por tanto, las consecuencias catastróficas de que las corrientes oceánicas se interrumpan no son difíciles de entender.

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La AMOC está parando, la última vez que lo hizo ocurrió una glaciación y una vez la AMOC ha frenado, tarda siglos en ponerse en marcha de nuevo.

Si el referente del movimiento ecologista es el IPCC estamos condenados

La estrategia del ecologismo institucional y de la ecología académica se basa en el siguiente axioma: la humanidad está amenazada y todos formamos parte del mismo barco.  Debemos convencer a los gobiernos y las multinacionales para que se pongan en marcha y eviten la catástrofe. El IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) parte de esta premisa.

Sin embargo, estas mismas mentes pesantes consideran que si la humanidad sobrevivió al Younger Dryas —y a glaciaciones anteriores mucho más intensas— con lo que daba de sí la industria del Paleolítico, cómo no va a superar la situación actual. Así que los grandes magnates del mundo tienen “fundadas” razones para creer que su mejor opción es pensar a corto plazo y disfrutar de los buenos momentos de la vida, aumentar sus fortunas y, llegado el caso, comprar refugios climáticos. Al fin y al cabo para eso son los masters del planeta.

Aunque casi todo el mundo piensa en el IPCC como una especie de organismo científico, no es exactamente así. Es cierto que el informe del IPCC es desarrollado, escrito y revisado por más de 800 de los más reconocidos científicos del mundo. Sin embargo, los miembros del IPCC no son los científicos sino los gobiernos[3]. Estos gobiernos son todos capitalistas, y por tanto, su tarea política principal es proteger la propiedad privada y el buen funcionamiento de la economía de mercado en general, y la de las potencias a las que representan en particular.

Por medio de sus burócratas, expertos y asesores, los gobiernos deciden en el plenario del IPCC cuándo realizar un nuevo informe, que asuntos debe tratar y el plan de trabajo.

Los científicos, en teoría, realizan sus tareas de forma desinteresada. Desinteresada significa que no cobran. Sin embargo, obviamente, existen muchos intereses creados en torno a formar parte de estos comités de trabajo —prestigio personal, proyección curricular, cargos de confianza, ascensos en las instituciones científicas y los ministerios, viajes, dietas, etc.—. Este es el primer resorte de control político del informe, aunque no es el único ni el más eficaz.

Entre estos científicos seleccionados se reparten las tareas de recopilación de la evidencia científica publicada, redacción del informe, revisión y coordinación de los grupos de trabajo. Surge así el primer borrador, y tras otro proceso de revisión un segundo borrador.

Este segundo borrador es sometido a una nueva inspección de control. Se trata de una doble intervención: por un lado los expertos (revisión científica), y por otro, los gobiernos miembros del IPCC (revisión política). Esto da lugar al borrador final, que es sometido al tercer y último resorte de control político: el informe debe ser aprobado por el Plenario.

En el plenario, los países miembros discuten línea por línea los documentos. El documento se debe aprobar, específicamente,  por consenso científico y político. Estas sesiones son maratonianas y despiertan mucho debate. Es aquí cuando se dan los choques entre los científicos que intentan que el texto llegue lo más lejos posible,  y los mamporreros designados por los gobiernos que aseguran con mano de hierro que ninguna línea se salga de lo aceptable.

Por muy elevado que sea el nivel científico de estos informes, todo lo que ahí se escribe ha sido aceptado anteriormente por los grandes gobiernos capitalistas, empezando por EEUU, Alemania, Francia, Gran Bretaña... Este control político del documento se ve escandalosamente reflejado en las soluciones que ofrece: suplicar a los fondos de inversión y a los gobiernos que, por favor, inviertan para frenar la crisis climática.

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La estrategia del ecologismo institucional y la ecología académica se basa en lo siguiente: la humanidad está amenazada y debemos convencer a los gobiernos y las multinacionales para que eviten la catástrofe.

Los monopolios apuestan por el calentamiento global

Los capitalistas nos dan una y otra vez pruebas de que solo idiotas incorregibles, o cínicos serviles, pueden pensar en ellos como aliados climáticos. Hace poco acabamos de asistir a un nuevo capítulo que lo confirma.

Este mes de febrero saltaba la noticia de que los gigantes financieros Black Rock, JPMorgan, State Street y Pimco han reducido su participación en los llamados fondos sostenibles ESG (Environmental, Social and Governance)[4]. Lo han hecho retirándose de Climate Action 100+, un grupo inversor de este tipo de activos. Y el movimiento es una gran puesta en escena que viene después de meses de ralentización de este mercado financiero.

La firma financiera Morningstar hacía un balance en noviembre de 2023. En él planteaba que aunque el dinero sigue fluyendo a estos fondos —La inversión en estas participaciones sería el doble que hace 3 años—, hay una “ralentización significativa” en la inversión y el lanzamiento de nuevos productos en Europa. ¿Cuál es la causa? Morningstar nos lo cuenta[5]:

“Aunque ‘salvar el planeta’" sea un objetivo noble, no hay razón para que los fondos sostenibles no sufran la misma destrucción creativa que cualquier otro instrumento financiero negociable. Un fondo tiene que ganar dinero (idealmente más que el índice de referencia) y cumplir sus objetivos declarados. Los fondos malos fracasarán por muy bien intencionados y comercializados que estén. […] Quizá la sostenibilidad esté entrando en su propia fase de mantenimiento. La parte divertida ha terminado (‘ganar dinero y salvar el planeta’), dejando una serie de preguntas sobre nuestras propias locuras y límites.”

El diario El País lo expresaba así:

“Climate Action 100+ marcó el año pasado unas nuevas directrices más estrictas para que los inversores fueran más activos en su exigencia de reducción de emisiones. Las entidades señalan que con su retirada [de Climate Action 100+] pretenden mantener su autonomía e independencia de decisión frente a las empresas.”

La traducción podría ser más o menos la siguiente: los fondos ESG ni son tan verdes como se decía ni han dado la rentabilidad que se buscaba. La campaña de greenwashing es tan descarada que se empiezan a recibir presiones para controlar como de verdes son estas inversiones,… Y así no compensa; a fin de cuentas… las corporaciones no somos ONGs.

En enero de 2023 se publicó en la revista Science un análisis de una treintena de documentos internos de ExxonMobile cuyas conclusiones fueron concluyentes [6]. El periódico El Confidencial hizo una crónica muy recomendable sobre el tema titulada, Así ocultó Exxon el cambio climático: nuevos datos prueban que lo supo antes que nadie[7].

ExxonMobil es una de las empresas más grandes de Estados Unidos, dedicada al negocio petrolero. En 2015 Los Angeles Times publicó informes que parecían indicar que los científicos de la multinacional manejaban proyecciones del calentamiento global al menos desde los años 70.

Pero el escándalo máximo llegó con el estudio publicado en la prestigiosa revista científica antes mencionada; la compañía realizó predicciones sorprendentemente precisas ¡Sus proyecciones han resultado mejores que las de la NASA! ¿Y que hizo con esa información y sus acertadísimos pronósticos? Tratar de ocultarlos a toda costa.

La compañía ha gastado una fortuna en desinformación cuestionando el calentamiento global y sus causas.  Además, junto con otras grandes empresas, fundaron Global Climate Coalition, un think tank negacionista que financió supuestos estudios científicos que descartaban el cambio climático sabiendo que poseían informes internos que lo probaban y eran ocultados a la comunidad científica.

ExxonMobile ha sido descubierta., pero es difícil creer que el resto de las grandes multinacionales de la energía no contaran con la misma información.

Merece la pena recordar otro “pequeño” incidente para convencernos de que no son casos aislados. En 2017 saltó el escándalo del Dieselgate, cuando se descubrió que Volkswagen estaba vendiendo coches diésel que sobrepasaban espectacularmente las emisiones permitidas gracias a un dispositivo oculto que trucaba las medidas. Una estafa a gran escala de la que, por cierto, la automovilística ha salido de rositas: se estima que aún 19 millones de vehículos siguen circulando por la UE con el dispositivo sin que la firma haya restituido el perjuicio de su fraude[8].

Los ejemplos de este tipo de actuaciones son innumerables. El último y más sonado, por el descaro y la infamia que representa, ha sido el espectáculo de la COP28 celebrada en Arabia Saudí en 2023, donde la industria petrolera ha podido hacer y deshacer a su antojo para sabotear los objetivos de descarbonización.

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La COP28 celebrada en Arabia Saudí en 2023 ha sido controlada por la industria petrolera de forma descarada, sirviendo unicamente para torpedear los objetivos de descarbonización.

Destruir el planeta abre nuevas oportunidades de negocio

Trump con su política de negacionismo ambiental no es un outsider. Bolsonaro arrasando el Amazonas no es un outsider y Milei dando rienda suelta a la explotación minera de los glaciales no es un outsider. Son los representantes más descarados y menos acomplejados de la burguesía financiera. Pero todos, en el fondo, actúan igual.

Y este espíritu de quienes gobiernan el mundo lo vemos hoy con el deshielo ártico ¿Acaso este fenómeno conmueve las conciencias de los capitalistas? Lo único que se ha visto conmovido hasta la fecha son sus bolsillos.

Un informe reciente de Intermón Oxfam, titulado Geopolitica de la tecnologíaactores, procesos y dinámicas, pincela muy claramente las líneas esenciales: 

“Respecto al Ártico, se calcula que el 30 % del gas no descubierto en el mundo y el 13 % del petróleo se puede encontrar en esa región. En los últimos años, varios países han iniciado una disputa geopolítica en esta zona, cuyo deshielo provocado por el cambio climático cambiará las reglas del juego actuales en el campo del comercio internacional, al abrirse nuevas rutas, o en el mercado energético o en el acceso a minerales y metales de tierras raras. […]. El Consejo Ártico se está convirtiendo en otro espacio tecnodiplomático de disputa entre grandes potencias.

China elaboró su primera ‘Política del Ártico’ en 2018, en la que estableció sus prioridades en la región, a pesar de no tener frontera con ella. Esta estrategia forma parte de la “Nueva Ruta de la Seda”, de la seda polar (…) Esta estrategia ha sido considerada por Estados Unidos como una amenaza para su seguridad nacional. Y esta disputa por el control del Ártico también alcanza a Rusia (…) El interés del Gobierno de Putin por la región es cada vez más elevado y pasa por [entre otros], la creación de la Ruta del Mar del Norte. Estados Unidos no se ha quedado atrás y a finales de 2022 publicó su estrategia para el Ártico.”

Además, el informe explica como el riesgo de un serio conflicto militar y comercial ha llevado a la Unión Europea, con gran implicación española, a un giro decisivo para aumentar su independencia en el abastecimiento de tierras raras. Aunque no se ha anunciado tanto como los fondos verdes, la decisión estratégica es abrir nuevas —y reabrir viejas— explotaciones mineras para la extracción de estos minerales tan necesarios para que funcionen los móviles, los hospitales, la industria militar moderna, y la flamante industria “ecológica” del coche eléctrico o de los paneles solares.

Es más, desde hace años se están incrementado los choques entre los países por delimitar sus derechos sobre las plataformas continentales. Ahora mismo hay un tira y afloja entre España y Marruecos sobre el espacio que separa el estrecho de Gibraltar. Y la motivación de estos conflictos son proyectos de minería submarina.

Sólo la revolución socialista puede frenar la catástrofe climática

Es completamente utópico confiar el futuro del planeta a la voluntad de los magnates, las corporaciones y los fondos de inversión. Los intereses económicos y geoestratégicos de los capitalistas y las potencias imperialistas nos han llevado a esta situación, y la perspectiva es clara: la pugna por nuevas materias primas esenciales y rutas comerciales, por la supremacía en las cadenas de suministros que dominan el mercado mundial y generan los beneficios, agravará aún más el desastre medioambiental.

Y acompañado a esta hecatombe ecológica, en medio de guerras imperialistas destructivas, de genocidios como el que sufre el pueblo palestino, de un incremento exponencial del empobrecimiento… el parasitismo del capital financiero sobre la sociedad acentúa el despilfarro y aumenta una de las peores lacras que aún soportamos en el siglo XXI: las hambrunas.

El hambre es una condena de un sistema socioeconómico que se sobrevive a sí mismo, y cuyo carácter reaccionario está fuera de discusión.  En 2023 se alcanzó un nuevo record en la producción mundial de alimentos: 2.836 millones de toneladas de cereales, que son 33 millones de toneladas más que en 2022[9]. Son cantidades que servirían para alimentar al mundo varias veces, pero que no lo hacen, porque la producción y la comercialización agroalimenticia está bajo el control de los grandes monopolios, y además su explotación está insertada en una metodología que genera un impacto medioambiental destructivo.

La humanidad vive rodeada de una tecnología asombrosa, de un incremento de la productividad del trabajo y de una abundancia sin parangón, pero la realidad de todos los días es que cientos de millones sufren hambre y una escasez crónica, y miles de millones más soportamos una inflación desbocada de los productos alimenticios de primera necesidad debido a una feroz especulación financiera.

En esta fase de capitalismo monopolista de Estado, la dictadura del capital financiero se ha hecho omnipresente y nos está conduciendo a una catástrofe. Por esa misma razón la acción del ecologismo está condenada a la impotencia si no se liga de manera efectiva a la lucha por la revolución socialista, a la batalla por expropiar a los grandes poderes económicos y establecer un orden social basado en la democracia de los trabajadores y los oprimidos.

Ajustar la producción a la capacidad de carga del medio ambiente y gestionar los recursos naturales y los residuos de forma sostenible, es una necesidad y es posible, pero se transforma en un horizonte completamente utópico si no se derroca el capitalismo.

El decrecimiento —mejor dicho, la racionalidad de la economía al servicio de las necesidades de la humanidad que requerirá de un crecimiento desigual de los sectores productivos—, nos puede guiar a un nuevo equilibrio satisfactorio en la relación del hombre con la naturaleza y la biodiversidad, o con la tierra como decía Marx. Por eso la idea del socialismo, no de su caricatura estalinista y burocratizada, sino de socialismo como poder democrático de la mayoría trabajadora —gestionada directamente a través de sus órganos de representación y control directo para una utilización racional de la enorme riqueza que atesora nuestro planeta— es lo que puede dar contenido a la lucha ecológica radical que necesitamos.

[1] La principal corriente oceánica que regula el clima muestra señales de colapso

[2]Es estima que de todo el CO2 de emisión antrópica, solo aproximadamente mitad permanece formando parte de la atmósfera.  El resto, lo consumen los bosques, el fitoplancton marino y el propio océano.

[3] ¿Cómo funciona el IPCC?

[4] Cuatro gigantes financieros de EE UU dan un paso atrás en materia climática ante la presión política

[5] ¿Están cansados los inversores del ESG?

[6] Assessing ExxonMobil’s global warming projections

[7] Así ocultó Exxon el cambio climático: nuevos datos prueban que lo supo antes que nadie

[8] Un informe sugiere que 19 millones de coches en la UE usan un dispositivo similar al del 'dieselgate'

[9] La oferta mundial de cereales en 2023/24 sigue siendo holgada; las perspectivas iniciales sobre la producción de trigo en 2024 son favorables


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