La profunda debacle económica que azota Brasil desde hace un año ha removido y tensado las relaciones de clase. Desde las radicalizadas movilizaciones protagonizadas por trabajadores y jóvenes en 2013, los elementos de estabilidad política y aparente consenso social que inicialmente habían conseguido los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff mostraron su profundo desgaste.

Este ambiente de descontento y polarización política ha madurado. La tensión política, a izquierda y derecha, nuevamente se ha manifestado en las calles con huelgas en sectores clave de la economía como la banca y el petróleo; manifestaciones masivas convocadas por sectores de la derecha; crisis a todos los niveles del aparato estatal incluido el ejército, el parlamento y la presidencia...La debacle económica ha exacerbado la crisis política y social. La burguesía pretende recuperar el control pleno del estado y la economía para aplastar el nivel de vida de las masas proletarias remontando así sus ganancias; la respuesta de los trabajadores está siendo feroz. En estos momentos el proletariado y la burguesía protagonizan un poderoso choque de fuerzas que tendrá repercusiones continentales.

Crisis en la sexta economía mundial

La economía brasileña atraviesa por su peor crisis desde los años treinta del siglo pasado. El ciclo de crecimiento de la economía brasileña que se produjo entre el 2003 y 2013, únicamente se vio afectado en 2009 cuando el PIB reportó una caída del 0.2 % en el contexto del estallido de la gran recesión mundial. Rápidamente, el ciclo expansivo de la economía brasileña remontó de la mano de China, alcanzando en 2010 su pináculo con un repunte meteórico del 7.5 % del PIB. Sin embargo, la pérdida del ritmo de crecimiento de China iniciada en 2014, puso punto final a la última coyuntura, hundiendo la economía brasileña. En 2014 el “crecimiento” del PIB fue de 0.1 % y el pronóstico para el 2015 es de un -3 %. Más importante que el descalabro del PIB son las perspectivas inciertas y desoladoras que llegan desde Asia, donde más allá de la complicada –pero no imposible- recuperación del crecimiento económico chino, parece haber un consenso de que en caso de producirse será a costa de ellas, trasladándoles la crisis china y no como en el periodo pasado.

El pronóstico para la economía brasileña es de una profundización en el retroceso del PIB entre el uno y dos por ciento para el 2016, después de esa previsión no hay sino dudas. El real se ha depreciado en un 30% en lo que va del año, alcanzando en octubre su menor valor desde que entró en circulación en 1994. La inflación se ha disparado entre el nueve y diez por ciento. Apenas regresar de la reunión anual de los BRICS y tras la fuerte caída bursátil en la bolsa de valores de Shanghái a mediados de este año, Dilma declaró: “Creía que era una situación superable, pero no tenía en cuenta esta caída sistemática (de las bolsas), a partir de ahora uno no sabe". El estado de ánimo entre la burocracia que dirige el estado es de un profundo pesimismo, por otra parte entre la burguesía y la derecha reina la histeria.

Una locomotora que arrastra hacia el abismo

La crisis brasileña está afectando a otros países del sur del continente, lo que incrementa la tensión política a nivel regional. Brasil ha dejado de importar desde el 2011 un 40 % de las mercancías que compraba a la Argentina, su tercer socio comercial y la tercera economía de América Latina, acumulando casi treinta meses de caídas consecutivas, afectando especialmente a las exportaciones industriales. El FMI prevé una inevitable caída del PIB para 2016 en torno al uno por ciento, como parte de los efectos de la ralentización en China y la crisis en Brasil.

También Perú sufrirá un duro revés, pues en los últimos años las inversiones brasileñas han sido fundamentales para su crecimiento económico, multiplicándose por cinco entre 2003 y 2013, especialmente en la minería y los hidrocarburos. Este recorte de las inversiones ya implicó una reducción de su perspectiva de crecimiento económico en prácticamente la mitad, del 4.8 % al 2.5 % del PIB.

La economía de Brasil es una locomotora que arrastra a otros vagones hacia la incertidumbre y la crisis. Así resumía la situación, Jorge Compagnucci, un economista burgués: "No hemos visto las consecuencias más graves de este ciclo. Estamos viendo un sinceramiento de los participantes. Decían que el hundimiento de Brasil no podía ocurrir. La realidad está en los hechos, estamos en la mayor devaluación en mercados emergentes en 17 años. Esta recesión va a llevar a un proceso de glaciación económica, con hundimiento de precios, donde Brasil es el foco de la región”.

La economía, un látigo que golpea a la clase obrera

Todos los indicadores económicos son un látigo fuera de control que golpea con especial virulencia a la clase obrera. El incremento en la calidad de vida que consiguieron los trabajadores presionando por reformas sociales a los gobiernos del PT, así como en las luchas obreras y sindicales, se está perdiendo rápidamente. En el primer semestre del año el consumo minorista cayó un 2.2%, pero el de las familias cayó al doble, 4.2 %. El desempleo se ha disparado casi al doble en apenas un año. La tasa de desempleo pasó del cinco al nueve por ciento, la más alta desde 2010. La Federación de Industria de Río de Janeiro estima que durante 2015 se habrán destruido entre 1,2 y 1,6 millones de empleos.

La crisis está significando un retroceso a los infiernos para millones de familias obreras que habían logrado salir de la pobreza bajo los gobiernos del PT. Más aún, nuevos sectores están viendo su caída en la desgracia. Se estima que durante el gobierno de Lula, de 2003 a 2010, salieron de la pobreza 3.3 millones de familias, pero según un informe de una consultoría privada brasileña podrían volver a la pobreza diez millones de personas: “En 2015, cerca de 1.5 millones de familias pasarán a la clase baja; en 2016, 1.1 millones; y en 2017, 454 mil familias”. Más delante afirma, "la movilidad que hubo hace siete años va a ser prácticamente anulada en tres”. Estos datos aunque son propagandizados por la derecha contra el gobierno del PT, no han podido ser refutados por los hechos en lo que va del año.

Cambio de ciclo, la implosión del reformismo

La clase dominante brasileña es consciente de que no se encuentra frente a un bache económico sino ante un cambio de ciclo. A partir de la llegada de Lula a la presidencia, la burguesía encontró en su vínculo con China la forma de incrementar sus negocios. Así, en 2006, Brasil dio vida al bloque conocido como BRICS, donde las economías de países capitalistas históricamente dependientes de EEUU y de otras potencias imperialistas–con excepción de Rusia-, ahora podían rehacer sus lazos comerciales al amparo –y al servicio- del nuevo poder imperialista chino. En el contexto del vertiginoso crecimiento chino de los últimos quince años y del acenso de la lucha revolucionaria por el continente, la clase dominante brasileña consiguió desembarazarse de la parte que le era más desventajosa de su relación con el imperialismo yanqui, girando parte de sus intereses hacia China.

Modificar las históricas relaciones de dominio y dependencia de Brasil frente al imperialismo norteamericano, requirió emplear la fuerza y el prestigio que le daban las masas a un gobierno que por otro lado tampoco tenía sólidos vínculos con la clase dominante brasileña ligada más decisivamente a los intereses norteamericanos. En la medida en que Lula asumió que su izquierdismo no era de carácter revolucionario como el de Chávez, sino más bien de estilo socialdemócrata europeo, la burguesía pasó a utilizarlo como un títere de sus intereses. Por otro lado, la clase dominante no tenía más opciones, pues ante la movilización de las masas, no podía colocar a nadie de su linaje en la conducción del gobierno. La derecha tuvo que aceptar y domesticar a ese “sindicalista” al que siempre habían mirado con desprecio, intentando obtener de él los máximos beneficios, que no resultaron ser pocos.

El ciclo de luchas revolucionarias en que se ha debatido América latina durante el presente siglo ha obligado a la burguesía a retroceder. Así, al periodo de relativa estabilidad de los gobiernos de izquierda -en Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Nicaragua- que los analistas pequeñoburgueses gustan en llamar “democrático”, no es otra cosa más que un periodo de conquistas sociales ganadas a sangre y fuego por la presión revolucionaria de las masas que se combina con un auge económico del cual también se ha visto beneficiada la burguesía. La clase dominante no ha contado con la fuerza social para acabar con la acción política de las masas, pero sí ha encontrado en la debilidad de los dirigentes reformistas la vía para con una mano sabotear el proceso revolucionario y con la otra seguir haciendo negocios. Eso que llaman “democracia” no es sino un episodio de la lucha de clases donde los gobiernos de izquierda se han negado a romper con el capitalismo y han asumido el papel de administradores del mismo, eso sí, muy acosados por la presión de las masas que les han obligado a realizar reformas sociales. En la medida en que el nuevo ciclo económico, marcado por la ralentización de la economía China, reduce el margen de maniobra de estos gobiernos, las presiones que reciben a izquierda y derecha son feroces. Una vez más, la radicalización de las masas y la burguesía es el signo que marca América Latina.

Esta ha sido justo la dinámica social en Brasil, el acenso del gobierno del PT coincidió con un auge económico del cual la burguesía se ha visto enormemente favorecida, incluso más que las masas. Estas circunstancias logaron atenuar temporalmente los conflictos de clase, evitando su polarización extrema. Ello explica la continuidad del PT durante tres periodos presidenciales lejos de una movilización seria de fuerzas golpistas o de un intenso sabotaje imperialista, como sí ocurrió con el gobierno de Chávez. Esta situación momentánea y de excepción histórica sin embargo ha tendido a agotarse. Ni las masas están dispuestas a perder o consolarse con lo que han conseguido, ni la burguesía pretende tolerar la caída de sus beneficios. En medio de ello queda un gobierno impotente para conciliar los intereses de ambos sectores. Aunque es un gobierno con poca credibilidad para la burguesía e incluso para amplios sectores de los trabajadores, ambas fuerzas le presionan cada una del lado de sus intereses.

Guerra contra las conquistas sociales y presiones contra el gobierno

Aprovechando el margen mínimo (obtuvo el 51.6% de los votos) con que Rousseff ganó en una segunda vuelta el segundo mandato presidencial (octubre del 2014), la derecha emprendió una campaña cada vez más contundente para amoldar al gobierno ante sus intereses. Un rasgo particular es que en esta arremetida contra el gobierno del PT, la derecha logró movilizar en las calles a un sector significativo de la pequeña burguesía, particularmente en su primera convocatoria de marzo de este año -donde participaron entre uno y dos millones de manifestantes-, descontenta y desconcertada con las políticas del gobierno y los efectos de la crisis. Estas acciones fueron magnificadas y retomadas como banderas por los medios de comunicación privados, las cámaras empresariales y los partidos de la derecha que ante el éxito de su primera convocatoria alentaron movilizaciones el 12 de abril (según las organizaciones de la derecha participaron 1 millón y medio) y el 16 de agosto (aproximadamente participaron 700 mil) que fueron menos concurridas y con un carácter político marcadamente más derechista.

Simultáneamente, desde 2014 se han abierto juicios penales por corrupción donde en el ojo del huracán se encuentra el expresidente Lula, su familia, la actual presidenta, decenas de miembros de la dirección del PT, incluso políticos de la derecha y empresarios que se han beneficiado de los negocios del gobierno durante los últimos años. Como parte de la campaña de la derecha el ex tesorero del PT y algunos empresarios ya han sido condenados a cárcel. Otros han decidido “colaborar” en las investigaciones para aminorar su inevitable presidio. Esta ha resultado ser una carta poderosa de la derecha para amilanar el respaldo de la burocracia que gira en torno a la presidencia.

El aparato del PT respondió con manifestaciones a favor del gobierno, con rasgos corporativos y una retórica vacilante que no levantaron mayor entusiasmo entre el grueso de la juventud y la clase trabajadora, incluso entre los participantes había una actitud crítica hacia el gobierno y de rechazo a la derecha. Las manifestaciones “de las margaritas” no han logrado congregar ni siquiera una decima parte de la marcha más pequeña de la derecha.

La presión de la derecha surtió efecto sobre los dirigentes del PT en el gobierno, consiguiendo su inmovilidad, complicidad y posterior responsabilidad ante el programa que impulsa la burguesía. En mayo, con los votos de la derecha se aprobó una reforma que dobla la cantidad de meses trabajados, se seis a doce, para acceder al seguro de desempleo; también permite la reducción de la jornada de trabajo junto con el salario. El PT se limitó a votar en contra. Para junio, Lula recibió a Felipe González en su campaña contrarrevolucionaria de ataque a la revolución venezolana. Para agosto, las acciones de la derecha ya habían doblegado por completo a Dilma y Lula, los cuales aceptaron con elogios la llamada “Agenda Brasil” que es la hoja de ruta de la burguesía brasileña para acabar con todas las conquistas sociales de las masas. Este paquete de medidas fue propuesto por el vicepresidente Michel Temer (fue parte de la fórmula electoral de Dilma en las elecciones presidenciales) del derechista PMBD con el apoyo decisivo de empresarios y todo el aparato de la derecha.

La Agenda Brasil incluye la entrada y la mayor penetración de empresas extranjeras o privadas en áreas que eran exclusivas o estaban reguladas por el gobierno, como la construcción de carreteras y la aeronáutica. Se pretende modificar la ley que obliga a que la paraestatal Petrobras posea cuando menos el 30 % de las inversiones en la industria petrolera, y en los hechos han profundizado su privatización. Incluye el aumento de la edad de jubilación. Se plantea eliminar la ley que impide que todas las funciones de una empresa sean realizadas por trabajadores subcontratados. Se llegó a plantear la privatización del Sistema Único de Salud. Se promueve más facilidades para que la agroindustria, las mineras y otras empresas, accedan con mayor rapidez a territorios indígenas y reservas naturales. Se pretende liquidar y reducir el papel de la banca y empresas estatales como BNDES, Caixa Económica Federal y Electrobrás. Se exige la salida de Brasil del Mercosur. Y como colofón, el recorte de 14 mil millones de dólares al presupuesto público.

El objetivo del recorte es reducir y eliminar los programas de asistencia social que fueron claves para paliar la pobreza: Bolsa Familia, Fome Zero, Minha Casa, Minha Vida, Universidad para Todos (ProUni) y el crédito subsidiado para las familias de menor ingreso. Por poner otro ejemplo, el programa Farmacia Popular que distribuye gratuitamente medicinas para tender padecimientos como diabetes, hipertensión, asma, osteoporosis, rinitis, mal de Parkinson, glaucoma, colesterol, anticonceptivos, pañales geriátricos, y que atiende mensualmente a 1,3 millones de beneficiarios, se verá reducido, de aprobarse su recorte, a la entrega de medicamentos únicamente para tres enfermedades: diabetes, hipertensión y asma.

En el terreno político ya se aprobó la disminución de la edad de imputabilidad (criminalización) a los 16 años; también se aprobó la llamada ley “antiterrorista” que criminaliza la protesta social; y se prepara una reforma política donde las empresas podrán tener un mayor margen de financiación de las campañas políticas. Dilma, igualmente aceptó la reducción de su gabinete, pasando de 39 a 31 ministerios, otorgándole mayor peso al PMDB.

La amenaza del golpe de estado parlamentario

Cada retroceso del gobierno frente a los intereses empresariales ha incrementado la sed de venganza de la clase dominante contra los dirigentes del PT y las masas trabajadoras. La campaña de presión contra el gobierno ha tenido como una de sus principales consignas el juicio político contra Dilma, el llamado impeachment, que podría implicar su destitución y teóricamente hasta su posible encarcelamiento. La misma presión existe contra Lula y otros altos mandos de la burocracia del estado. En esta campaña la derecha ha hecho alarde de su tradición golpista y ha hecho publicidad de su rostro más reaccionario con el objetivo de desmoronar toda la resistencia de la oposición e incluso de sectores de empresarios que pretenden seguir jugando en los dos bandos, con la derecha y con el gobierno del PT. La burguesía está alineando y reagrupando sus fuerzas para poder retomar el control que históricamente ha tenido del aparato estatal. Esa es una condición de que su plan de ataques contra las masas se podrá hacer realidad no sólo en el parlamento sino en las calles, en las fábricas y el campo. Por ello, aunque en el fondo se ha demostrado que la derecha no tiene la correlación de fuerzas para imponer un golpe de estado protagonizado por el ejército, y ni siquiera para realizar un golpe de estado o una destitución parlamentaria de Rousseff, la derecha no ha dudado en llevar su campaña al límite. Vale decir que este límite se ha ampliado porque el gobierno ha retrocedido en desbandada lo que por momentos ha llevado a sectores de la derecha a intentar llevar la situación más allá de sus posibilidades reales.

El alto mando del ejército también ha sido partícipe de la campaña para arrodillar al gobierno y aunque en sus declaraciones más recientes del primero de noviembre, el general Eduardo Villas Boas, alto mando del ejército, afirmaba que “no hay chance para un golpe de estado”, su propia entrada en la escena política es ya un recordatorio de hasta dónde está dispuesta a llegar la clase dominante para doblegar la rebelión de las masas. Pero insistimos, no es la vocación democrática de la burguesía ni la existencia de ningún periodo democrático en Latinoamérica lo que impide las acciones más reaccionarias de la burguesía, sino la fuerza y la acción concreta de la clase obrera y el proletariado que le corta el paso a la derecha.

En última instancia el fondo del problema para la burguesía es cómo avanzar en los ataques contra la clase trabajadora. En este momento no tienen las condiciones para destituir a Dilma sin que de por medio provoquen una lucha social que termine justamente por presionar y reforzar al gobierno pero desde la izquierda. Por ello, parecen decantarse, al menos por ahora, por que sea el propio gobierno del PT el que aplique los recortes, que sean ellos los que enfrenten el malestar social y se vean forzados, una vez más, a confrontar las movilizaciones de los sectores más activos y combativos, creando de paso, división y confusión en el ámbito de la izquierda. Se trata de una relación viva de fuerzas que no está predeterminada por ningún plan concreto de la derecha.

El primero de noviembre el reaccionario Henrique Cardozo, ex presidente de Brasil, expresaba la fórmula idílica para la derecha a la hora de retomar sus posiciones. Afirmaba que el mejor escenario sería que Dilma renunciara por su propia cuenta y que “en un gesto de grandeza reconozca ante el pueblo que así no se puede seguir, y que el PT y Lula también acepten una salida de este tipo, construir una agenda conjunta para el país”. Al ser cuestionado sobre la posibilidad del impeachment decía que el problema estaba sobre todo en que las masas lo aceptaran: “Es necesario que se expliquen bien las razones al pueblo porque, si no, dirán que es un golpe, y no lo es; es un recurso constitucional extremo”. Estas más que ser cándidas declaraciones, reflejan el abanico de opciones que la derecha le está colocando sobre la mesa a la burocracia del gobierno, y si resultan tan vergonzantes es únicamente por el recorrido tan derechista que ha seguido Dilma y Lula.

La clase obrera responde con fuerza

La clase obrera, el auténtico motor de las conquistas sociales de los últimos años, se ha hecho presente una vez más, marcándole el alto a la derecha. La energía y la fuerza que la burocracia no pudo desplegar para defenderse de los ataques de la derecha, la clase trabajadora las ha desplegado en las calles y huelgas. Así, el último año ha sido de luchas sindicales feroces, donde los planes de la burguesía se han visto frustrados conforme descienden de las alturas parlamentarias a los centros de trabajo. Para el desencanto de la burguesía, las luchas de la clase trabajadora han combinado un estado de ánimo de durísimas críticas hacia el gobierno, junto con más coraje aun para luchar contra las maniobras y los ataques de la derecha. Un sector importante de la clase trabajadora tiene un profundo escepticismo y desconfianza en los dirigentes petistas más vinculados al gobierno, pero al mismo tiempo mucha confianza en que con sus propias fuerzas, y aun con la claudicación del gobierno, pueden dar la batalla contra los planes de los capitalistas.

En el sector automotriz, el 16 de enero, una planta de 13 mil trabajadores de la Volkswagen consiguieron la readmisión de 800 trabajadores a partir de diez días de huelga. A principios de agosto una huelga de dos semanas en la General Motors de San Bernardo de los Campos, con cuatro mil obreros, impidió el despido de 798 trabajadores. Los obreros de Mercedes Benz, siete mil trabajadores, se declararon en huelga indefinida el 24 de agosto frenando 1,500 despidos.

En marzo los trabajadores bancarios organizados en la Confederación Nacional de los Trabajadores del Ramo Financiero, que representa a unos 510 000 trabajadores, la mayoría de los empleados de los bancos públicos y privados en el país, protagonizaron una huelga durante 21 días que abarco. La lucha era por incremento salarial pues la Federación Nacional de Bancos apenas concedía el 5.5 % de aumento, mientras el sindicato pedía el 16 %. Afirmando que “la explotación (laboral) no tiene perdón”, el dirigente del gremio, subrayó que la patronal pretendía “aprovechar el momento político inestable de Brasil para debilitar la fuerza del movimiento sindical (..) Pero se van a decepcionar. Los trabajadores unidos mostrarán toda su fuerza de movilización en la huelga". La huelga terminó con un saldo favorable, consiguiendo el 10% de aumento salarial y el 14 % en prestaciones.

Para mediados de año tuvo lugar una importante oleada huelguística en el sector educativo, así reseñada por la prensa: “como parte de la decisión de docentes y no docentes organizados en los sindicatos ANDES-SN y en FASUBRA, en este momento 48 de las 63 universidades federales del país se encuentran de alguna manera en huelga. En 30 de ellas la huelga se mantiene apenas por los no docentes, en otras 15 se combina huelga de docentes y no docentes, y en 3 hay solo huelga docente. Varias de ellas combinan huelgas o movilizaciones estudiantiles, lo que está dando otro ánimo a esta movilización de trabajadores universitarios.

La respuesta de la clase trabajadora ha encontrado un nuevo punto álgido en la huelga estallada en Petrobras el pasado 1 de noviembre. La huelga está siendo organizada por el sindicato más representativo de la empresa, la Federación Única de Petroleros, que agrupa a 40 mil de los 85 mil trabajadores de la petrolera. Esta es la huelga más importante desde 1995. Las demandas no son únicamente salariales, aumento del 18 %, sino también de carácter político como lo expresó el dirigente de la federación: “El paro es una lucha por la preservación de derechos históricos atacados en la propuesta de ACT [contrato colectivo] de la empresa y por la cancelación de la venta de activos, que profundiza la privatización de Petrobras (…) Están intentando privatizar con acciones concretas. Este paro es una advertencia contra el Gobierno, los petroleros no discuten su condición salarial, sino el destino y la defensa de la empresa en general”.

La revolución Latinoamericana está viva

Los acontecimientos en Brasil ratifican con contundencia que el proceso revolucionario continental estallado desde finales de los noventa del siglo pasado aunque ha pasado por toda una serie de etapas, flujos y reflujos, saldos positivos y negativos para la clase trabajadora, sigue pujante. A pesar del papel distorsionador de los dirigentes que pretendían que la lucha se detuviera con la conquista de reformas sociales en el marco del capitalismo, la clase obrera vuelve a demostrar que el conflicto social que subyace en las entrañas de Latinoamérica es la lucha entre el capital y el trabajo.

La profunda crisis social en Brasil es un punto de inflexión que señala el agotamiento de la política reformista incluso ahí donde rindió frutos más ejemplares, por insuficientes que fueran. El beneficio excepcional que reportaron los negocios con China no sólo se ha agotado, sino que incluso en caso de regenerarse, aunque fuera parcialmente, no es ninguna garantía de que produzca los mismos efectos políticos y sociales de reforzamiento de las políticas reformistas. La historia avanza y las contradicciones capitalistas crecen.

La oligarquía brasileña ahora busca desvincularse de China para aminorar los efectos negativos de la caída en su crecimiento. Pretenden reorganizar sus relaciones con Estados Unidos. Saltan como ratas de un barco imperialista a otro. Pero su problema más grande no reside en sus conflictos internos y en sus alianzas imperialistas, sino en que frente así tienen a la clase obrera más poderosa de la América Latina. Una clase obrera que no mira con bueno ojos mantenerse toda la vida en las favelas, viviendo entre drogas, ignorancia y violencia. El proletariado brasileño está en pie de guerra y nuevas batallas se librarán, dando un nuevo impulso a la lucha de clases en todo el continente.


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