La toma del poder por las fuerzas armadas de Zimbabue es un golpe de Estado en toda regla. Representa un punto de inflexión en la era post-independencia en Zimbabue y casi cierto fin del reino de Mugabe. El golpe militar se precipitó con la destitución del esbirro más leal de Mugabe durante los últimos 7 años, Emmerson Mnangagwa. Esto fue consecuencia de las maniobras por parte de un Mugabe de 93 años en las estructuras del partido Zanu-PF para asegurar que su mujer Grace de 52 años pudiera sucederle como presidente.

Sin embargo a pesar de lo bienvenido que pueda ser el fin del régimen de Mugabe, la intervención militar se está llevando a cabo a espaldas de las masas. Para evitar un movimiento independiente de las masas, como las protestas Tajamuka en 2016, los militares están involucrando a las elites, incluida la oposición, en un arreglo político a imponer sobre las masas cuyo primer objetivo es mantener el statu quo capitalista. Pero, a pesar de esto, la destitución de Mugabe puede ser la palanca que reactive movimientos de masas, algo que pondría encima de la mesa la necesidad urgente de extraer las lecciones de las luchas del pasado.

Crisis económica

Las acciones de Mugabe  se volvieron cada vez más erráticas. En el poder a través del fraude electoral y la violencia desde las elecciones presidenciales de 2002, ha llevado adelante su presidencia sobre una economía que experimentó la tasa de inflación más alta en la historia mundial llevando al Dólar de Zimbabue a perder todo su valor. Esto llevó al abandono de la moneda y su sustitución por el dólar americano y el Rand Sudafricano. El catastrófico colapso económico, un 90% de desempleo y una hambruna masiva llevó a un éxodo masivo, principalmente a Sudáfrica, de al menos una cuarta parte de los 12 millones de habitantes de Zimbabue.

Estos acontecimientos tienen lugar en un contexto de profundización de la crisis económica que ha obligado a Mugabe a ir de la mano de China y de Occidente, incluyendo el FMI, de cara a obtener ayuda económica y obtener el levantamiento de las sanciones. De acuerdo con un informe de septiembre de 2016 de la Casa Chatham del Reino Unido (Real Instituto de Asuntos Internacionales) “Zimbabue está en un momento decisivo, afrontando su mayor crisis económica desde 2008. Sufre una triple amenaza de deflación, estancamiento y baja productividad exacerbada por los bajos precios de las materias primas, débiles monedas regionales y una sequía, en el contexto del legado de una penosa política y de una batalla por determinar quién sucederá finalmente al Presidente de 92 años Robert Mugabe.”

“La gravedad de la situación económica ha forzado al Gobierno de Zimbabue al restablecimiento de sus relaciones con Occidente. Un reestablecimiento basado principalmente en atraer nuevos ingresos para aliviar la crisis de liquidez y el déficit fiscal. La atención se centra en mejorar la confianza de los empresarios y en restablecer con intensidad los lazos con las instituciones financieras internacionales. Sin embargo, aunque se ha producido un cierto progreso en el ámbito de las reformas económicas, no lo ha habido en el ámbito del Gobierno y los derechos humanos.”

Un análisis del Banco Africano de Desarrollo sobre la economía reveló que “en 2016, el crecimiento de Zimbabue  se redujo en más de la mitad hasta un 0,5% desde un 1,1% en 2015. El Gobierno respondió a este cambio en la situación estableciendo una serie de medidas incluyendo una prohibición temporal de las importaciones, la emisión de pagarés y la introducción de un sistema agrícola dirigido.”

“La previsión de crecimiento del PIB de Zimbabue es del 1,3% en 2017 impulsada principalmente por la agricultura ante la perspectiva de abundantes lluvias, el turismo, la manufactura, la construcción y los sectores financieros.”

Independent Online (26/09/16) informó que más de un 70% de la población de Zimbabue vive en la pobreza; “mientras que durante años el Gobierno ha conseguido sacar a la población de la extrema pobreza que ha pasado de un 44% en 1995 a un 22% en 2012, sin embargo, los niveles de pobreza medidos por la Línea de Pobreza por Consumo Total se ha mantenido por encima del 70%”.

La designación de Grace fractura el Zanu-PF

De acuerdo con el mismo artículo del Independent Online, “El Ministerio de Finanzas Chinamasa dijo que los efectos de la crisis económica se sintieron principalmente en los sectores más desfavorecidos, miles perdieron sus trabajos, los niños dejaban las escuelas y los hospitales y clínicas funcionaban sin las medicinas necesarias.”

Los acontecimientos que han llevado a la salida de Mnangagwa y los que le han seguido son consecuencia de los sucesivos fracasos del Gobierno del Zanu-PF desde que el “movimiento de liberación” asumió el poder hace cuatro décadas.

Para muchos, la crisis del régimen gobernante del Partido Zanu se ha precipitado por la incapacidad por parte de su dirección autocrática de designar un sucesor. Pero esto es solo una parte de la verdad. Zimbabue lleva tiempo en el abismo, lo que es resultado de la superestructura política que el propio Mugabe construyó a través de dicho partido de cara a mantener su control sobre el país.

El Mugabe popular consiguió aplastantes victorias electorales hasta que implementó un brutal “programa económico estructural del ajuste” neoliberal del FMI y el Banco Mundial, que provocó un levantamiento a mediados de los 90 suponiendo las mayores protestas de trabajadores de toda la historia de Zimbabue. Sin embargo el giro de los dirigentes sindicales de Zimbabue hacia la colaboración con los capitalistas y los granjeros ricos contra Mugabe desarmo dicho movimiento y permitió a Mugabe presentarse como el defensor de los pobres. Desde entonces Mugabe ha sido capaz de mantenerse en el poder incrementando sus métodos dictatoriales apoyado por los mismos militares que ahora le han destituido.

La decisión de Mugabe de elegir a su propio sucesor ha sido la gota que ha colmado el vaso. Carente de cualquier pasado de lucha, los militares temían que Grace Mugabe fuera un factor que incrementara la inestabilidad.  El posible ascenso al poder de Grace Mugabe ha jugado un papel decisivo en la expulsión del Gobierno de Mnangagwa precipitando la crisis de sucesión que afronta ahora el Zanu-PF.

Borracha por la euforia del poder, Grace Mugabe y su facción G40, parecían haber asumido el propio papel de Mugabe dictando el programa del Zanu-PF y por extensión el del Gobierno. Mnangagwa, que alega que ha sobrevivido a un intento de envenenamiento pocas semanas antes de su expulsión del Gobierno, ha liderado una facción denominada “Lacoste” apoyada por los militares y elementos de la burocracia del Zanu-PF que han jugado un papel dirigente en el reino de terror de Mugabe.

Un golpe de estado en todo excepto en el nombre

Con la huida en avión de Mnangagwa hacia el exilio después de su destitución pareció en un primer momento que su facción estaba replegándose y había quedado relegada al olvido. Pero como los acontecimientos de los últimos días han demostrado, los sectores militares que apoyaban a Mnangagwa no estaban dispuestos a aceptar la derrota.

La facción “Lacoste” parece haberse movido con el consentimiento tácito no solo de Sudafrica, sino también tras consultar con China. Se ha informado que el comandante de las fuerzas de defensa, el general Constantine Chiwenga, ha visitado China. El propio Mnangagwa se ha informado que regresó a Zimbabue en un avión militar de las Fuerzas Nacionales de Defensa de Sudáfrica.

La declaración realizada por los militares señalando que no se trata de un golpe de Estado, sino simplemente una intervención para depurar a los elementos criminales que rodean a Mugabe, parece cuidadosamente confeccionada para permitir al SADC (Comunidad de Desarrollo del África Austral ), presidido por Zuma, y a su “organismo” de “política, defensa y seguridad”, presidido por el presidente angoleño João Lourenço, dejar que los militares completen su misión sin que se vean sometidos a una presión que les lleve a toma cualquier tipo de acción que suponga un desacuerdo con el “cambio de régimen” por medios anticonstitucionales.

Una intervención militar extranjera está descartada. El SADC no ha sido siquiera capaz de estabilizar Lesoto. Una intervención militar para forzar un cambio de régimen en Zimbabue iniciaría un estallido que no serían capaces de controlar. Las sanciones económicas, teniendo en cuenta la actual crisis económica, solo agravarían la situación. Lo último que quiere el régimen de Zuma, que ha dado ya los primeros pasos para repatriar a la amplia población de Zimbabue que hay en Sudáfrica, es ser obligado a suspender dichos planes por razones humanitarias.

Lo más probable es que se dé tiempo al Zanu-PF para estabilizar la situación encargándose de gestionar la salida de Mugabe y preparando unas elecciones en 2018 que sitúen a Mnangagwa como presidente.

Estabilizar la situación requerirá purgar a la facción G40 – un proceso que ya ha comenzado. Los militares intentarán aparecer como una fuerza comprometida en la lucha contra la corrupción, restableciendo las condiciones para una recuperación del crecimiento económico y para el reestablecimiento de la estabilidad social.

Las masas deben confiar en sus propias fuerzas

Las masas en Zimbabue durante mucho tiempo han sido meros espectadores en las batallas fraccionales del Zanu-PF y han observado con satisfacción durante los últimos días lo que parece ser una auto implosión y la casi destitución garantizada del Estado Zanu-PF. Secciones de las masas darán la bienvenida a estos acontecimientos viendo en los mismos el fin del yugo de la dictadura de Mugabe. Pero esta interpretación sería un error. Mnangagwa dirigió durante los 80 la operación Gukurahundi asesinando a 20.000 personas del pueblo Ndebele. Al mismo tiempo existe una profunda desconfianza hacia los militares y pocas ilusiones de que representen una esperanza o el fin de la miseria del régimen de Mugabe. Los militares han sido un punto crítico en el sostenimiento de Mugabe incluyendo campañas sistemáticas de terror para permitir a Mugabe mantener un firme control.

No deberían plantearse ilusiones sobre la posibilidad de que los militares representen una alternativa para las masas trabajadoras y los pobres. En 2016 el propio Mugabe reveló que 1.500 millones de dólares en diamantes habían sido saqueados de las arcas del Estado sin control. Un informe reciente reveló que el tráfico ilícito de diamantes se usó para apoyar al régimen y compañías vinculadas a los militares y a la Organización Central de Inteligencia. Esto después de que los militares masacraran  a 200 personas amputando sus extremidades cuando se desplazaron a las minas de diamantes de Marange al este de Zimbabue, para “limpiarlas” de mineros informales “ilegales” en 2008. Ni el gobierno de transición ni su sucesor serán capaces de resolver los problemas de pobreza y desempleo masivo.

Las atrocidades de los militares están bien documentadas; su papel en el secuestro y asesinato de opositores particularmente durante las elecciones es incuestionable. El golpe militar no supone en ningún caso un cambio en el carácter del régimen Mugabe-Zanu, sino que representa su continuación y un intento de regeneración mediante el control militar esperando los mismos poder mantenerse en el poder. Su propósito es garantizar la continuación del mandato dictatorial y no acompañar un nuevo proceso democrático bajo el control de las masas de Zimbabue.

La lucha continúa

La experiencia de los últimos años muestra que las masas trabajadoras de Zimbabue entienden esto muy bien. Fue evidente en 2016 cuando hubo una insurrección masiva  y profundas movilizaciones en rechazo al régimen de Mugabe. Los militares respondieron manteniéndose firmes y enfatizando su apoyo al Zanu-PF y a Robert Mugabe. Por ello la posición general de las masas es que no existe alternativa bajo el Estado Zanu-PF y cualquiera de sus manifestaciones o de los remanentes que quedan del mismo.

Las lecciones, tanto de las movilización del año pasado como de la permanencia en el poder de Mugabe, es que confiar en fuerzas externas como el SADC y en gobiernos vecinos es fútil y regresivo. Todas las administraciones del Gobierno Sudafricano –desde Mbeki hasta Zuma- han apoyado al régimen de Mugabe. Después de que Mbeki suprimiera el informe de la Comisión Judicial de Investigación que su propio gobierno había establecido y que concluyó que las elecciones presidenciales de 2002 no habían sido libres ni justas, Zuma siguió la misma política hasta que fue forzado a hacer público dicho informe por una acción legal. El Partido Comunista Sudafricano (SACP) les ha seguido el juego demostrando su desprecio por las masas de Zimbabue denunciando las movilizaciones de masas incluidas las del año pasado como una maniobra de una “tercera fuerza” empeñada en un cambio de régimen.

Las masas deben liberarse a sí mismas, y la experiencia en Zimbabue durante las dos últimas décadas así lo confirma. Solo ellas pueden liderar la revolución.  Es previsible que por motives de conveniencia se planteará una “solución” por el SADC o por la Unión Africana (UA), a pesar de sus declaraciones contra los golpes militares, de cara a legitimar a la Junta Militar.

La lucha, sin embargo, continúa. Como hemos manifestado previamente desde el WASP, las masas de Zimbabue solo puede confiar en su propio programa, en su propio poder y en su propia organización de cara a tumbar al autocrático, capitalista y parasitario régimen burgués y conseguir la transformación socialista de la sociedad de Zimbabue.

Las masas deben, como ya han hecho previamente, mostrar su rechazo respecto a la imposición del mandato de una junta militar que solo busca garantizar su saqueo y enriquecimiento. El rechazo de esta administración debe ser llevado adelante urgente y firmemente por las masas hasta demostrar la absoluta codicia y la clara motivación de salvarse a sí mismos que se esconde tras este golpe militar. Las masas de Zimbabue, los trabajadores, los jóvenes y los emigrados deben centrarse ahora de cara a construir un partido de masas de los trabajadores. Dicho partido debe aprender las lecciones sobre el intento fallido llevado adelante a finales de los 90 de construir un partido de este tipo. Es vital que este nuevo partido de los trabajadores se asegure de establecer los fundamentos para establecer un gobierno de los trabajadores y los pobres con un programa socialista que garantice la derrota de la administración post-Mugabe actualmente en transformación.

Decimos…

  • ¡Rechazar a Mugabe! ¡Rechazar a los generales! No a la dictadura, civil o militar. ¡Plenos derechos democráticos! Exigimos un juicio contra Mugabe y sus compinches por representantes de los trabajadores y los pobres.
  • La clase obrera y los pobres deben tomar el futuro de la sociedad de Zimbabue en sus manos. Ninguna coalición con elementos dirigentes del viejo régimen o de las fuerzas capitalistas. Esto exige de un gobierno de los trabajadores y los pequeños granjeros. Para prepararnos para ello hay que construir comités democráticos masivos de acción de trabajadores, jóvenes, desempleados, pequeños comerciantes y pequeños granjeros en cada sector de cara a elegir un gobierno de transición que establezca los fundamentos para celebrar elecciones de cara a establecer un futuro gobierno de los trabajadores y los pequeños granjeros.
  • Dicho Gobierno debe tener un programa para acabar con los bajos salario, la pobreza y el desempleo, tomar decisiones sobre el movimiento de mercancías, el funcionamiento de los servicios, y otros aspectos esenciales para el funcionamiento de la sociedad. Comités democráticos de masas de los trabajadores de Zimbabue, de los pequeños granjeros y de los pobres para expropiar los activos de Mugabe, los generales, el partido Zanu-PF, y los dirigentes del régimen, poniéndolos bajo el control de esos comités de acción.
  • ¡Defender al pueblo! Comités de acción para organizar unidades de autodefensa controladas democráticamente de cara a proteger a los manifestantes y activistas frente a la violencia e intimidación del régimen; construir comités de acción entre las bases de la policía, los soldados y el personal militar aéreo. Elegir dirigentes y portavoces de dichas bases y rechazar cualquier orden de oficiales vinculados al régimen. Construir vínculos con los comités de acción del pueblo por una lucha unitaria.
  • Ninguna confianza en las fuerzas imperialistas contrarias a los intereses de la clase trabajadora como las Naciones Unidas, la Unión Africana o el SADC. Construir solidaridad con la clase obrera del sur de África. Fuera de Zimbabue organizar comités de acción en todas las comunidades de emigrantes de Zimbabue construyendo fuertes vínculos con las comunidades locales y con las organizaciones de trabajadores y de jóvenes. Lucha unitaria contra la xenofobia. Luchar por los derechos de los inmigrantes. Organizar a los trabajadores inmigrantes en el movimiento sindical.
  • Los trabajadores y los jóvenes deben liderar la construcción de un partido revolucionario de masas para luchar por una Zimbabue socialista.