El proceso revolucionario que ha sacudido una república tras otra en la antigua CSI, poco a poco está llegando a los puestos avanzados de la reacción. Mientras que antes los líderes “fuertes” se inclinaban a explicar los problemas de sus desafortunad El proceso revolucionario que ha sacudido una república tras otra en la antigua CSI, poco a poco está llegando a los puestos avanzados de la reacción. Mientras que antes los líderes “fuertes” se inclinaban a explicar los problemas de sus desafortunados colegas en términos de su suavidad y complejos intelectuales, ahora vemos que es el presidente uzbeco Karimov quien se encuentra en crisis, en este caso se trata de uno de los líderes “fuertes”, uno de los gobernantes más despiadados de la CSI que mantiene a la oposición en la clandestinidad y sus dirigentes están en prisión o han emigrado.

Este proceso revolucionario del último período adquiere una fachada multicolor de acuerdo con las condiciones locales. Los matices dependen de las fuerzas políticas y de que éstas sean capaces de tomar las riendas del movimiento provocado por la podredumbre política, económica y social de los regímenes post-soviéticos. Ante la pobreza, consecuencia del colapso de la economía, la corrupción y el surgimiento de fronteras entre las antiguas repúblicas soviéticas, las masas no tienen otra elección, o se levantan o mueren de hambre.

Como en el vecino Kirguizistán, la insurrección no comenzó en la capital sino en el Valle de Fergana, donde el nivel de vida es más bajo. Este valle fue en su tiempo un antiguo oasis de la civilización, su ecosistema único fue destruido por las plantaciones de algodón impuestas en el valle por la burocracia soviética. Su división entre Kirguizistán, Uzbekistán y Tayikistán, hizo pedazos la vida económica de la región. Los puentes que conectaban las repúblicas fueron volados, los guardias fronterizos y los oficiales de aduana comenzaron a amasar grandes fortunas a expensas de la población. En contraste con Tashkent, con su clase obrera multinacional (rusos, uzbecos, alemanes), aquí, entre los escombros de la industria, la mayoría de la población se encuentra atada a minúsculas parcelas de tierra agotada con las que apenas pueden subsistir.

No es sorprendente que la consigna de los fundamentalistas islámicos de unidad de los países de Asia Central en un califato unificado haya conseguido cierto eco. Como en Irán, si los comunistas no son capaces de organizar una revolución social contra el capitalismo, entonces la protesta inevitablemente encuentra otros canales, que serán más o menos radicales según el grado de la represión que el estado ejerce contra ellos.

Ahora los campesinos están llevando a cabo su propia revolución. Están ocupando y quemando los edificios administrativos y las oficinas de aduanas, están reconstruyendo los puentes entre las repúblicas que fueron destruidos hace unos años. A pesar de que Uzbekistán, a diferencia de sus vecinos, tiene un ejército bien armado y entrenado, está claro que ningún soldado estaba dispuesto a disparar contra los manifestantes. Si hubiera sido de otra manera sería difícil creer que el primer paso de las masas, la toma de una base militar con más de 500 soldados, se podría haber hecho con tanta facilidad. Por supuesto, aparte del ejército y la policía, Karimov tiene otros recursos, incluido el apoyo militar ruso y chino, aunque estos tampoco son tan estables como les gustaría.

Es importante observar que en Andizhán se ha podido ver otro tipo de táctica diferente a la que vimos hace un año en Tashkent. Vemos un movimiento de masas donde los actos armados (la toma de la prisión y los edificios administrativos) fueron acompañados de mítines de masas, no fue terrorismo dirigido contra los odiados policías que ejercen el soborno. Según algunas fuentes, Karimov está utilizando el bloqueo informativo en el Valle de Fergana para ocultar el carácter de masas del movimiento, utilizando la excusa de la actividad terrorista. Por ahora puede que Karimov haya conseguido calmar Andizhán, pero no ha pasado lo mismo con Ilichevsk, ciudad situada en le frontera con Kirguizistán. Aquí los campesinos han tomado la ciudad y la tienen bajo su control.

Lo que está ocurriendo es la primera oleada de la revolución que se extenderá como una bola de fuego hasta Tashkent, la ciudad clave de Asia Central. Pero este fermento encontrará unas condiciones diferentes en la capital. ¿Se reunirá la clase obrera tras ella? ¿Se pondrá a la cola de los campesinos y comerciales (y por lo tanto de los grupos islámicos) o dirigirá a otras capas de la sociedad tras ella? Esta es la cuestión decisiva. El resultado sólo puede ser decidido por los comunistas uzbecos. Si son capaces de ponerse a la cabeza del movimiento en Tashkent, la llama de la revolución proletaria se extenderá por todo Asia Central, si no es así, tarde o temprano, el movimiento será derrota o, lo que es peor, tomará el poder un régimen fundamentalista reaccionario.


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