La crisis del Sudeste Asiático y, más recientemente, la recesión de la economía japonesa han reabierto bruscamente el debate sobre las perceptivas para el capitalismo. En un mercado mundial interdependiente en el que las economías nacionales han alcaLa crisis del Sudeste Asiático y, más recientemente, la recesión de la economía japonesa han reabierto bruscamente el debate sobre las perceptivas para el capitalismo. En un mercado mundial interdependiente en el que las economías nacionales han alcanzado el mayor grado de integración de toda la historia del capitalismo, la crisis de sobreproducción en Asia amenaza el ciclo alcista de la economía, tanto en Europa como en EEUU. Voces muy ponderadas se alzan previniendo sobre una recesión mundial, y no esta descartado que pudiera transformarse en la caída más importante de la economía desde la II Guerra Mundial.

También en el movimiento obrero el debate está abierto. En sectores de izquierda, tanto en el frente sindical como en los partidos obreros, se aboga por políticas expansivas, gastos e inversiones públicas y restablecimiento del papel del Estado en la economía de mercado. Estas corrientes han abrazado el programa de Keynes como una alternativa a la crisis, al desempleo masivo y al desmantelamiento del Estado de Bienestar.

Pero ¿son una alternativa viable las recetas del keynesianismo para resolver la crisis capitalista? ¿Constituyen el programa por el que la izquierda y el movimiento obrero deben luchar? Ambas preguntas abordan cuestiones teóricas, en concreto la naturaleza de la crisis del capitalismo, y prácticas, la alternativa que debe levantar la clase obrera para acabar con ella.

El auge de la posguerra

La característica más importante de la posguerra fue el largo período de auge que se prolongó hasta finales de los años 60. Representó la mayor explosión de inversión, producción, comercio, ciencia y técnica de toda la historia de la Humanidad, y puso su sello en los acontecimientos políticos de todo el mundo. El auge de los países desarrollados superó los niveles de entreguerras y tuvo efectos en relanzar las ilusiones en el capitalismo como sistema viable.

Todo período de desarrollo que ha atravesado el capitalismo tiene rasgos comunes y aspectos diferentes. El marxismo explica, y empíricamente se ha demostrado, que el movimiento de la economía de mercado se realiza a través de ciclos de booms y auges y también de recesiones y depresiones.

Desde el auge de 1871 a 1912 el capitalismo no experimentó un período de crecimiento tan importante como el que se prolongó de 1948 hasta principios de la década de los 70. Toda una serie de factores influyeron en este proceso:

• El fracaso de la revolución en Europa Occidental al final de la guerra, especialmente en Francia, Italia y Grecia, donde los trabajadores armados −partisanos y resistentes al nazismo− y encuadrados en los partidos comunistas y socialistas pudieron haber tomado el poder. Este desarrollo estabilizó políticamente la situación y favoreció el auge: fue su precondición política.

• Los efectos devastadores de la guerra, con la destrucción de una cantidad formidable de fuerzas productivas, tanto bienes de capital como de consumo, que crearon un gran mercado.

• La actitud de EEUU respecto a Europa, muy diferente de la mantenida tras la I Guerra Mundial con la firma del Tratado de Versalles. Ante la amenaza del bloque soviético, los EEUU contribuyeron con el Plan Marshall a relanzar la economía europea. Las fuerzas productivas de EEUU se mantuvieron intactas durante la guerra.

• El enorme aumento de la inversión en bienes de capital. El surgimiento de nuevas industrias al calor de la guerra (aplicación del plástico, aluminio, electricidad, energía atómica, informática).

• Aplicación de los inventos desarrollados en el ámbito militar a la producción civil. El rápido incremento de la producción en las industrias más nuevas.

• La sustitución del viejo patrón oro para el comercio, por el dólar como moneda de cambio, impuesta por EEUU y, en menor medida, por Gran Bretaña, condujo a una enorme expansión del crédito y del capital ficticio.

• La expansión del crédito, utilizada para superar las limitaciones reales del mercado.

• El nuevo mercado para los bienes de capital en los países en vías de desarrollo. El aumento de la demanda de materias primas en los países avanzados por el desarrollo de la industria favoreció además el crecimiento −también las desigualdades− en los países subdesarrollados.

• El aumento del comercio, especialmente de bienes de capital, entre los países capitalistas avanzados actuó como un gran estímulo para la actividad productiva.

• El papel de la intervención del Estado en la economía.

Todos estos factores interactuaron y favorecieron un desarrollo sin precedentes del capitalismo. Pero si tenemos que destacar en este proceso un factor, el decisivo, fue el aumento de la inversión de capital, que es el principal motor del desarrollo capitalista.

Las grandes inversiones en la industria, el giro hacia la mecanización y la automatización, la productividad del trabajo, aumentaron decisivamente, incrementándose al mismo tiempo la cantidad de capital constante en proporción al capital variable, es decir la proporción del capital invertido en maquinaria, edificios, plantas, etc., aumentó en relación a la cantidad invertida en fuerza de trabajo, lo que más tarde o temprano debía conducir a una caída en la tasa de beneficios.

Inevitablemente, la caída en la tasa de beneficios, que se aceleró durante la década de los 70, tuvo su reflejo en la caída de la inversión y en la recesión de los años 70.

Como Marx explicó, la causa fundamental de la crisis es inherente a la propia sociedad capitalista, y reside en la inevitable aparición de sobreproducción, tanto en bienes de capital como de consumo. Lenin, en su artículo Observación sobre el problema de los mercados, combatió la idea de que las crisis eran originadas por la desproporción entre la producción y la capacidad de consumo, asignando a este fenómeno real (la existencia de un déficit de consumo) un lugar secundario, como un hecho que sólo se refiere a un sector de toda la producción capitalista. Para Lenin "este hecho no puede por sí solo explicar las crisis, puesto que responde a una contradicción más profunda y fundamental del sistema económico vigente: a la contradicción existente entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación".

¿Y el Estado?

La tendencia innata de las fuerzas productivas a sobrepasar los límites de la propiedad privada obliga al Estado a intervenir más y más en la "regulación" de la economía. La intervención estatal fue un factor que contribuyó al auge pero no fue el decisivo, de la misma manera que no evitó la recesión en los años 70 ni actualmente en Japón, a pesar de las gigantescas inversiones estatales realizadas desde 1992.

El aumento del papel jugado por el Estado en la moderna economía capitalista se explica por el crecimiento de las fuerzas productivas, de las multinacionales y el desarrollo del capital monopolista. Lenin ya trató estos aspectos en su libro El imperialismo, fase superior del capitalismo. La fusión del capital monopolista con el Estado, que actúa como el agente directo de los grandes monopolios, no tiene nada que ver con la "regulación" o la "planificación" de la economía en el sentido socialista que toma el término bajo un Estado obrero, ni tampoco, y esto es fundamental para contestar a aquellos que tienen ilusiones en el papel del Estado en la economía capitalista, supone la eliminación del papel dominante del mercado.

El Estado, durante las décadas posteriores a la II Guerra Mundial, se hizo con el control de industrias que se habían convertido en poco rentables, debido al desarrollo de nuevas ramas industriales y nuevas técnicas de producción, y debido también a los grandes gastos de capital que exigían su modernización cuya rentabilidad, por tanto, a corto plazo no era atractiva para los capitalistas privados.

La intervención del Estado en estos sectores no alteraba las leyes básicas ni las contradicciones en que se mueve el capitalismo. Estos sectores estatalizados de la economía (ferrocarriles, minería, siderurgia, eléctricas, etc.) proporcionaban materias primas y servicios baratos a los capitalistas privados que se beneficiaban de esta manera de los subsidios y las inversiones estatales.

Pero el factor clave del auge de posguerra fue el aumento de la inversión de capital que ya hemos señalado anteriormente.

Al comienzo de la década de los 60, el 10% de la economía de Gran Bretaña estaba en manos del Estado, como una palanca para favorecer el crecimiento del sector privado. Lo mismo se puede decir de Alemania, Francia, Italia o el Estado español, donde la aparición del Instituto Nacional de Industria (INI) jugó un papel similar.

Incluso cuando la actividad económica de las empresas estatales supuso un porcentaje importante del PIB, siempre fue una cifra insuficiente para determinar el movimiento básico de la economía. No era la industria estatal la que dictaba el movimiento de la industria privada sino a la inversa.

El papel del gasto público

¿Por qué no puede el gasto público del Estado capitalista solucionar los problemas de la economía capitalista? En la economía capitalista la producción se realiza por y para el mercado. Una parte decisiva de los recursos del Estado, vía impuestos, provienen del propio mercado: o bien de los beneficios de los capitalistas o bien de los salarios de los trabajadores. Si se aumentan los impuestos a los capitalistas se reducirá su tasa de beneficios, con las implicaciones desastrosas que tienen para la inversión y la producción. Por el contrario, una mayor presión impositiva sobre el salario de los obreros reduce el mercado de bienes de consumo. El Estado no puede resolver esta contradicción por su carácter de clase y por eso los capitalistas, en cuanto tienen oportunidad, reducen los impuestos que les afectan, aumentando la presión sobre los trabajadores.

¿Cuál era la solución keynesiana? Para Keynes y su escuela se podía superar "el ciclo recesivo" alimentando la demanda aunque fuera artificialmente. En este punto el papel del Estado era decisivo. No importaba el déficit si esto suponía un incremento de la actividad. En parte esto podía funcionar temporalmente durante una época de auge de la economía, aunque fuese a costa de un endeudamiento agónico del Estado.

Sin embargo, la situación cambió dramáticamente cuando se produjo una caída en la economía con la recesión de 1973. En ese momento el déficit del Estado se transformó en una gran losa, inaceptable para los capitalistas, que veían cómo al cólera del endeudamiento le acompañaba la peste de la inflación −alimentada por la financiación del déficit−.

La caída de la economía, como se comprobó traumáticamente, afectó y arrastró a la industria pública. Lo que era una ventaja temporal −la intervención del Estado en la economía− se transformó dialécticamente en un factor extraordinariamente negativo para la economía capitalista.

La crisis de los 70 reveló el auténtico carácter de las contradicciones del sistema. Primero, comenzando con una caída en la tasa de beneficios que bajó durante un período de años en los que continuaron las inversiones, hasta tal punto que no era compensada por el aumento de la plusvalía, incluso en un período en el que hubo un aumento sensible de la productividad del trabajo. Esta caída en la tasa de beneficios indujo a su vez a una caída en la inversión, posteriormente en la producción y, finalmente, provocó una explosión del desempleo. La inflación y el déficit público alimentaron las llamas del incendio.

Monetarismo versus keynesianismo

Las contradicciones surgidas entre el ascenso de las fuerzas productivas por un lado y la propiedad privada de los medios de producción y el Estado nacional por otro, condujeron a la crisis de sobreproducción y al descrédito del keynesianismo por parte de todos los gobiernos, tanto de derechas como de "izquierdas".

En un proceso prolongado en el tiempo, empezando por EEUU y Gran Bretaña, las viejas recetas del monetarismo, con sus presupuestos equilibrados y las privatizaciones masivas de empresas públicas, dejaron un reguero de miles de puestos de trabajo destruidos y provocaron el desmantelamiento, en el caso británico, de la industria y la minería pública. Estas recetas se completaron con la precarización del mercado laboral y el incremento de los beneficios empresariales sobre la base de la explotación extrema de la clase obrera, el ataque a los gastos públicos y el expolio del Tercer Mundo.

Sin embargo, la curva de desarrollo de la economía marca una clara tendencia descendente desde 1973.

El boom de los 80, que significó más explotación obrera en los países avanzados y en los subdesarrollados, no evitó el incremento de los déficit públicos y la expansión del crédito. Los grandes poderes imperialistas, asustados ante la perspectiva de una recesión, recurrieron entre 1985 y 1987 a medidas económicas que chocaban con su propia experiencia. Para prolongar el boom coordinaron sus políticas financieras, saquearon aun más a los países subdesarrollados y recurrieron al crédito masivo o de nuevo al gasto público, haciendo crecer el déficit y el endeudamiento.

Los efectos fueron evidentes en el siguiente ciclo recesivo −1990-1991 para EEUU y Gran Bretaña y 1992-1993 para el conjunto de Europa−. La caída fue la más importante desde los años 70 y en algunos casos, como en Europa Occidental, superior en términos de destrucción de empleo, caída de la inversión y la producción.

Desde entonces la burguesía ha sintonizado un programa de ataques a los salarios, desregulación del mercado de trabajo, aumento de la plusvalía absoluta y relativa y guerra sin cuartel al déficit público, con el consiguiente desmantelamiento del estado del bienestar en Europa. El capitalismo, enfermo y decadente, está sosteniendo su crecimiento consumiendo una parte fundamental de las reservas sociales creadas en el período precedente, lo que conducirá a nuevas contradicciones y explosiones de la lucha de clases.

Una crisis orgánica del sistema capitalista

No hace tanto que el FMI, en su reunión de Hong Kong en septiembre de 1997, predecía un crecimiento sostenido de las economías asiáticas y sorprendentemente vaticinaban que Japón y la UE relevarían a EEUU y Gran Bretaña como líderes de la recuperación.

La crisis del Sudeste Asiático (SA) ha devuelto realismo a las previsiones delirantes de los gurús del FMI y del BM. No cabe duda que el crecimiento que los "Tigres" experimentaron durante la segunda mitad de los 80 y primera de los 90, permitió amortiguar la recesión en Occidente y proveer de mercados para los bienes de producción a las grandes economías capitalistas. No obstante, el desarrollo de los "Tigres", especialmente China, alimentó nuevas contradicciones, creando competidores poderosos en el mercado mundial para las economías de EEUU, Europa y Japón.

Las grandes inversiones en capital, que durante décadas se realizaron en Corea, Indonesia o Tailandia, chocaron con los límites del mercado mundial y de nuevo la sobreproducción hizo su aparición. Demasiada abundancia de chips, ordenadores, cemento, petróleo, plástico y, por supuesto, de bienes de consumo baratos. La crisis de la economía real se combinó y agudizó con el crash financiero, provocando la devaluación histórica de sus monedas y el endeudamiento masivo de estas economías −y en correspondencia un grave problema para los bancos occidentales que prestaron el dinero para financiar el crecimiento−, la caída de la producción, quiebra de empresas y explosión del desempleo. La recesión más importante de la historia de estos países, que se agudizará aun más por las recetas salvajes del FMI.

En Indonesia la "estanflación" ha hecho su aparición: el alza de los precios alcanzó un 52% interanual en mayo de este año, el mayor nivel en 23 años, y la contracción del PIB puede alcanzar este año un -10%. En Tailandia la inflación supero en mayo el 10.2% interanual, la cifra más alta en los últimos 17 años y la contracción del PIB se situará entre el 4,5% y el 5%.

En Corea del Sur, el PIB en el primer trimestre de este año registró una caída del 3,8%, la primera contracción en 18 años.

Las consecuencias políticas y sociales de esta recesión no han tardado en manifestarse. En Indonesia la subida de los precios de los productos básicos, la escasez y el desempleo desataron una oleada de protestas que se transformaron en un auténtico movimiento revolucionario contra la dictadura. La caída de Suharto no es más que el primer acto del proceso. En Corea del Sur se han organizado tres huelgas generales contra los despidos masivos en los chaebols (conglomerados industriales), a pesar de los primeros intentos de llegar a pactos sociales entre el gobierno y las direcciones sindicales.

Como siempre, los capitalistas quieren poner la carga de la crisis sobre la espalda de los trabajadores.

Japón en recesión

La recesión en la economía japonesa es una advertencia seria, muy seria, de la gravedad de la crisis. Japón es la segunda potencia económica mundial y domina casi un tercio del comercio mundial. La crisis del Sudeste Asiático ha acelerado la caída que ya venía incubándose por las propias contradicciones de la economía japonesa desde los años 80.

"Hace escasas semanas" citaba Pablo Bustelo en un artículo de El País (25/5/98) "el presidente de la compañía Sony, Ohga Norio, declaró que la economía japonesa estaba al borde del colapso…".

"La economía japonesa está atravesando su peor momento del último cuarto de siglo (…) En primer lugar, se trata de una recesión fuertemente deflacionaria, que a la caída de la producción suma un descenso considerable de los precios de bienes (…) La merma en los beneficios empresariales (-45% en el año fiscal de 1997) ha provocado una menor inversión un estancamiento de los salarios y, por vez primera, un incremento sustancial de la tasa de desempleo, que alcanzó un 3,9% en marzo [4,1% en abril], máximo histórico desde 1953. En suma, la economía japonesa está inmersa en un círculo vicioso: la escasa demanda interna hace caer la producción y los precios, pero, al desanimar la inversión, impide un aumento suficiente de los salarios reales y destruye puestos de trabajo, lo que deteriora aun más el consumo privado".

El 35% de las exportaciones de productos manufacturados japoneses se destinaba a Asia, por lo que la crisis del SA ha tenido efectos directos en los beneficios y la producción. Igual ocurre con el sistema bancario: cerca de 30 billones de pesetas −según fuentes oficiales, según otras fuentes serían 100 billones− tienen los bancos japoneses comprometidos en créditos de dudoso cobro.

La crisis japonesa se hunde en las mismas causas de siempre: sobreproducción, burbuja financiera, endeudamiento del sistema bancario, límites del mercado mundial y en el hecho decisivo de la enorme interpenetración de la economía mundial. ¿Cómo se puede afirmar que la recesión japonesa no afectará a EEUU ni a la Unión Europea? ¿Por qué entonces tanto miedo a que continúe la caída del yen y a una posible devaluación del yuan chino? La explicación no es tan difícil. EEUU ha visto caer sus exportaciones en el primer trimestre un 3% y además sabe perfectamente cómo empezó el crash del 29: recesión de la economía agraria e industrial combinada con devaluaciones competitivas y crash bursátil. Evidentemente, cuando Clinton viaja a China nueve días no es sólo para hacer turismo en la Gran Muralla, algo tendrá que ver el afán de los capitalistas americanos para obtener de los dirigentes estalinistas chinos un compromiso firme de que no devaluarán el yuan y evitar así una guerra comercial, que bien podría ser el accidente que desatase una recesión mundial.

En cualquier caso, el neokeynesianismo no salvó a Japón. Desde 1992 se han inyectado 70 billones de pesetas por parte del Estado en la economía japonesa, orientados especialmente a salvar de la quiebra el sistema bancario, y en obras públicas, con el objetivo de reactivar la demanda interna. No sirvió de mucho, porque el movimiento real de la economía de mercado está sometida a contradicciones que el Estado capitalista no puede evitar.

Una alternativa socialista

Si el keynesianismo fracasó, la política monetarista y neoliberal está fracasando, produciendo efectos todavía más perniciosos. Basar el crecimiento en la sobreexplotación de la clase obrera, el empobrecimiento de la sociedad, la precarización del mercado laboral, el desmantelamiento de los servicios sociales (sanidad, educación, subsidios de desempleo y a los marginados), y el paro masivo, sólo preparan una reacción aún más enérgica de las masas hacia la izquierda, pero no evitarán la crisis, en todo caso aumentarán su profundidad y violencia.

Los marxistas rechazamos que el keynesianismo o el monetarismo sean una alternativa para los trabajadores. Obviamente defendemos todas las conquistas de la clase obrera: la sanidad y la educación públicas, gratuitas y universales, las viviendas sociales, le empresa pública y los puestos de trabajo, logros que hoy son atacados sin escrúpulos. Y subrayamos que la única forma de defenderlas consecuentemente es con la movilización más amplia, masiva y decidida de la clase obrera, los parados y los jóvenes, tarea que es responsabilidad de los sindicatos de clase y de las organizaciones políticas de los trabajadores. Al mismo tiempo, señalamos que estas conquistas chocan hoy con los intereses del capital y con la crisis de su sistema.

Una sociedad con pleno empleo, en la que aplicando los enormes avances tecnológicos al proceso productivo hiciese posible la reducción de la jornada laboral a 30, 25, 20 o menos horas semanales, con vivienda accesible, con sanidad y educación dignas, es absolutamente posible a condición de que nos liberemos del control reaccionario que un reducido número de monopolios, bancos y grandes capitalistas ejercen sobre la riqueza del mundo; y eso pasa por luchar por un programa socialista, por la nacionalización de la banca, los monopolios y los latifundios bajo control obrero y sin indemnización salvo en caso de necesidad comprobada, para planificar la economía en beneficio de la Humanidad, y acabar de una vez por todas con las crisis del capitalismo.


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